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Vicente Carceller, la desconocida historia del editor de humor republicano fusilado por Franco

Esta es la historia de un personaje que nació, vivió y murió en Valencia entre 1890 y 1940. La historia de la vida de Vicente Miguel Carceller, valenciano arquetipo, hedonista, festivo y transgresor, capaz de dar forma gráfica y textual a una filosofía que identificó buena parte del ser y sentir en valenciano del primer tercio del siglo XX, la “filosofía traquera”. La historia de un editor que aprendió pronto a ser su propio empresario, montando un negocio editorial cuando apenas tenía algo más de 20 años. Un hombre polifacético aficionado al dibujo, que igual redactaba una pieza teatral que una crónica taurina o un editorial, y cuyos referentes serían tanto los exponentes de la cultura popular -desde Bernat i Baldoví a Eduard Escalante-, como los protagonistas del valencianismo republicano -desde Llombart a Blasco Ibáñez.

Esta es la historia de un osado promotor cultural que supo siempre satisfacer una demanda que crecía a medida que avanzaba la nueva sociedad de masas. Lo hizo como creador y editor de un elevado número de publicaciones que gozaron de una amplia aceptación, convirtiendo en industrial y masivo lo que antes había sido popular y festivo. Lo hizo también como promotor de espectáculos que combinaban sensaciones variadas y temáticas diversas, dirigidos siempre a un mismo público, el pueblo.

Y es también la historia de un hombre comprometido con su tiempo, con la República, lo que acabará constándole la vida. Vicente Miguel Carceller, “el editor que se hizo millonario explotando su ingenio”, tal y como lo calificó el Anuario de Enrique Malboyssón y Carlos Linares en 1933, fue doblemente silenciado: por un pelotón de fusilamiento en el paredón de Paterna en 1940 y por la censura franquista hasta más allá del fin del propio Franco.

Carceller fue tan estruendoso en su tiempo como el nombre del semanario que dirigía, pero tan censurado y olvidado años después como cruel fue su suerte. Sorprendente y hasta increíble: a día de hoy apenas hay rastro del hombre que más páginas editó desde una imprenta valenciana, que más hizo circular el idioma autóctono entre los habitantes de estas tierras y que más pudo influir en la cultura de todo un pueblo. El franquismo, en este caso, lo había conseguido: su ley del silencio, impuesta a fuego y sangre, había borrado todo posible recuerdo del personaje y de su obra. Carceller fue doblemente silenciado.

LA HISTORIA DE UN COMUNICADOR DE MASAS

Carceller fue un hombre hecho a sí mismo. Y lo hizo a partir de los elementos culturales, ideológicos o sociales que le acompañaron. Empezó su carrera editorial desde la vocación y la inspiración. No poseía una carrera universitaria o una formación cultural relevante, pues “se lanzó a la lucha del periodismo sin preparación de ninguna clase, con los rudimentos escasos y deficientes de la escuela primaria”. Tampoco poseía fortuna ni capital inicial, ya que comenzó “sin más bagajes que un montón de albas cuartillas y sesenta pesetas de capital (quién sabe si recogidas a fuerza de no comer)”. De cuna humilde, hijo de valencianos en la ciudad que transita del siglo XIX al XX, hará del entretenimiento de esos humildes una de las razones de su negocio editorial. Y sus publicaciones, imaginadas, diseñadas y creadas en Valencia circularon por todas partes, demostrando que su capacidad de comunicación no respondía solo a la identificación territorial o cultural, sino también a otros factores de oportunidad política, de necesidad de evasión o de identificación ideológica. Carceller y, de forma especial su semanario La Traca, serán la “Biblia” del entretenimiento para el republicano, para el socialista y anarquista, para obreros y campesinos. Eso sí, será la anti Biblia de la propia Biblia. Si El Motín de Nakens fue el gran semanario anticlerical del siglo XIX, La Traca lo será del XX. Y pagó un alto precio por ello: multas, detenciones, exilio y la muerte.

En efecto, La Traca es el producto estrella, el gran éxito de ventas que superará por primera vez en España la barrera de los 500.000 ejemplares de tirada. Será, por tanto, la publicación que lo defina desde el punto de vista editorial y político, al tiempo que la principal escuela en la que aprenderá la fórmula del éxito. Porque La Traca es más que una cabecera o una publicación: es también una forma de entender la vida, a base de pólvora y fiesta; una forma de posicionarse políticamente en un radicalismo de motín y barricada; una forma, en definitiva, de recrear la vida de los de abajo, de los que apenas aparecen en la prensa diaria o en las revistas gráficas si no es por motivos extraordinarios. Cuando te adentras en sus páginas inmediatamente descubres que es ahí donde se encuentran algunas de las claves básicas que explican el porqué Carceller llega a convertirse en un importante empresario de la comunicación, esto es, por su capacidad de conquistar el deseo y la opinión del proletariado, la misma suerte que decidió el futuro de Pulitzer en The New York World o de Millaud en Le Petit Journal. Si a principios del siglo XIX la burguesía crea la prensa diaria para satisfacer sus necesidades de información mercantil y política, el movimiento obrero creará a fines del XIX semanarios para expandir sus ideas y sus organizaciones. Y si la burguesía crea los semanarios ilustrados como forma de entretenimiento, el proletariado hará de la prensa satírica una de sus válvulas de escape fundamental.

Si La Traca lo define, El Clarín lo enriquece ya que será el semanario de toros más destacado de los años veinte, alcanzando una tirada media superior a los 20.000 ejemplares y un área de distribución que incluye España, el sur de Francia y México. Antes de la aparición de este semanario, Carceller ya había mostrado su vinculación al mundo de la fiesta taurina organizando distintas fiestas del llamado “toreo bufo” bajo el patrocinio de La Traca, lo que no deja de ser una forma particular de imitar, probablemente sin saberlo, el I make news de otros diarios más famosos que igual organizaban una expedición científica como un evento deportivo por etapas. El caso era provocar las noticias, adelantarse al acontecimiento y ser protagonista de su cobertura. De esta forma se producía un triple efecto: por un lado, se captaba la atención del público al asociar el nombre de la cabecera con el del espectáculo; a continuación se lograba seguir de forma programada los tiempos previos y posteriores al evento; finalmente, el objetivo central de vender más se conseguía en la medida que los partícipes del espectáculo se animasen a querer revivirlo de nuevo.

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Literatura, entretenimiento, emociones, sensaciones…, especialmente sexo. El ejemplo quizás más significativo de esta forma de entender la comunicación del sexo se materializa en el proyecto de El Chorizo Japonés, una revista catalogada como “eminentemente festiva, altamente calentita y colosalmente chismosa”, que pretendía publicar cada semana “las intimidades íntimas de los artistas” y hacerlo, como novedad, en castellano, lo que indica sin duda la búsqueda de un mercado nacional… En la campaña de promoción, iniciada a fines de 1914, el juego con el doble sentido de las palabras de su cabecera resulta más que evidente al tiempo que provocador: “los hombres de todas las clases sociales nos leerán el chorizo, y si quieren ganarse la simpatía de las mujeres, deberán ir a toda hora por todos los sitios con el chorizo en la mano, siempre a punto de dejárselo a la chica que se lo pida”. No extraña, a tenor de este tipo de publicidad, que la expectación fuese progresivamente creciendo. Por fin, el tan esperado y anunciado Chorizo salió el 10 de marzo de 1915 a la calle, luciendo una tan llamativa como provocadora portada: una “jamona montada sobre un enorme chorizo”. Y su éxito estará a la altura de la expectación provocada, consiguiendo una venta de 60.000 ejemplares de su primer ejemplar. Tras el impacto del primer número, las autoridades siguieron de cerca el segundo, al que denunciaron por inmoral a las cinco horas de haberse distribuido. Con el tercero y el cuarto, la denuncia se produjo antes de que los ejemplares salieran de la propia editorial lo que, económicamente, debió significar un gravísimo contratiempo puesto que se quedaba con la inversión hecha y sin vender un sólo ejemplar. No sabemos si llegaron a realizar un quinto ejemplar ni tampoco el importe de las multas que le pudieron caer por las denuncias, pero El Chorizo ya no volvió a asomar la cabeza. La represión, a su vez, funcionó como un estímulo más. Y Carceller no dudó, a pesar de los riesgos, en convertir esta atracción en una forma de ganar dinero. Lo hizo en La Traca, a pesar de ser denunciado en numerosas ocasiones por incluir dibujos inmorales. Y lo hizo a partir de 1931, con cabeceras como Bésame, Fi-Fi, Rojo y Verde, Nudista o El Piropo, dedicadas a mostrar el cuerpo semidesnudo de un tipo de mujer que tendría en el universo del cabaret -también conocido como teatro de variedades- los elementos referenciales básicos.

DETENIDO Y FUSILADO

El 16 de junio de 1940, cuando apenas se cumplía mes y medio del final de la guerra, Carceller era detenido por la guardia civil en la casa de su suegra, donde había intentado ocultarse. Fue encarcelado, interrogado y condenado por un tribunal militar con el cargo de “adhesión a la rebelión con el agravante de transcendencia de los hechos”, por lo que fue condenado a muerte con el añadido de urgente.

En la tarde del día 28 de junio, en la misma saca en la que se encontraban el líder socialista Isidro Escandell Úbeda, el dibujante y colaborador de sus publicaciones, Carlos Gómez Carrera, “Bluff”, el escultor Alfredo Torán Olmos, el artista Alfredo Gomis Vidal, entre otros, Vicente Miguel Carceller fue fusilado en el “Terrer de Paterna”. Gracias a que su mujer se personó en el cementerio de Paterna –suponemos que previo los sobornos oportunos- pudo hacerse cargo del cuerpo y enterrarlo en un nicho donde permanece olvidado hasta día de hoy. Sin embargo, Carceller merece ser catalogado, sin temor a equívoco, como el editor valenciano más importante de su tiempo.

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