Artículo histórico

Crónica negra

Pablo Berbén

Parece que las páginas dedicadas a sucesos en nuestra prensa diaria van necesitando cada vez más espacio. Incluso los periódicos siempre más reacios a una cierta información que, según su punto de vista, han considerado siempre como sensacionalista o morbosa, van ampliando su interés por el tema. La página que reproducimos aquí pertenece al diario Ya del martes 27 de marzo. Es un inventario macabro. Quizá sea un poco excepcional – no todos los días, felizmente, son así- , pero si resulta sintomática. Viene a coincidir con las muy frecuentes declaraciones de las autoridades, que insisten en un aumento de la delincuencia, y con las de algunos psicólogos o psiquiatras, que señalan un aumento en la agresividad.

Crónica Negra 2a

Convendría saber, en primer lugar, si la abundancia en la crónica negra que ahora se advierte obedece a un aumento real en los sucesos o a una nueva apertura de los periódicos hacia esa clase de relatos. Durante muchos años, ese tipo de información estuvo bloqueado. Se consideraba, por una parte, que el delito era una imperfección de la sociedad – lo cual es cierto-, y que ocultándolo se daba la sensación de haber conseguido una sociedad perfecta – lo cual es falso-. Por otra parte, se mantenía que el relato de los sucesos podría despertar una “ejemplaridad negativa”, un deseo de imitación, o unos sistemas para copiar. Es una antigua y nunca cerrada discusión.

El crimen no compensa

En efecto, para que en el suceso real se den las condiciones requeridas por el moralista para su publicación, hacen falta numerosos factores. El delincuente ha de ser un representante del mal absoluto y de la sinrazón total; la víctima ha de estar adornada con el mayor número de virtudes posibles, y entre ellas, la de la inocencia: el delito debe alcanzar el mayor número de personas inocentes – por ejemplo, la víctima asesinada debe dejar viuda y algunos hijos: mejor si son muchos y mejor todavía si son “de corta edad”-; el delincuente debe estar mezclado con personas abyectas; su descubrimiento y persecución pueden ser accidentadas, como su captura final, y todo ello debe dar la sensación de un determinismo, de un providencialismo, de una infalibilidad.

Un periódico especializado francés titulaba una sección dedicada a recordar crímenes históricos con este nombre: Le crime en paie pas: el crimen no compensa, no paga a quien lo comete. La forma de hacer repugnante la figura del delincuente es variable, según la sociedad en que se produzca.

Julio Camba enviaba hace muchos años una crónica de Londres en la que relataba el crimen y captura de un famoso delincuente. Lo contaba – Julio Camba fue siempre periodista de gabinete- a través de la impresión de lectura de los periódicos en la pensión londinense donde vivía. La “landlady” leía en voz alto los más atroces hechos: víctimas torturadas entrañas calientes y húmedas, cuerpos arrojados a la cal, mientras los huéspedes de la “boarding house” escuchaban con una impasibilidad absoluta. La flema británica. Pero la dama leyó, al final: “El asesino fue hallado cuando migaba pan en el té”, y todos prorrumpieron en gritos de horror: “¡Monstruo! ¡Migando pan en el té! ¡Sujeto repugnante!”.

Naturalmente, el delito no ofrece siempre estas condiciones. No sabemos cuántos crímenes han compensado materialmente a su autor, no podemos garantizar la exactitud de esa otra frase tópica de “no hay crimen perfecto”: no sólo hay muchos delitos cuyos autores no se han descubierto nunca, sino que fundadamente se puede suponer que hay muchos delitos que ni siquiera se sabe que han sido cometidos. Cuando el suceso no obedece a las condiciones ideales, se produce el suceso ficción. Hay periodistas especializados en cargar las tintas sobre el culpable y en blanquear a la víctima y en clamar a gritos -antes que la justicia- el más fuerte de los castigos. Piden que los jueces sean más duros, que la Policía esté reforzada, y cantan su infalibilidad. Es el precio que pagan por la permisividad para publicar sus supuestos informaciones y quizá por un monopolio en el uso de algunas noticias.

Suceso Ficción

Una forma más honesta de suceso ficción es el que no oculta su condición de ficción. Es decir, la película, el telefilm, la novela. La televisión española, por ejemplo, no informa jamás de un auténtico suceso de la vida real -quizá alguno en el extranjero, y especialmente cuando parece culpabilizar a un grupo social determinado, condenable desde su ética, como el de la “familia Manson” que arrojaba la mancha sobre los “hippies”-, pero dedica numerosos espacios a los sucesos ficción. Semana tras semana, Sam Cade, o el Ironside de turno, desenmascara a los autores de crímenes repugnantes, sin inquietarse demasiado por la difusión de la violencia o por la ejemplaridad negativa.

Hollywood inauguró hace años el sistema – nacido de un código de censura- del castigo continuo del culpable. A veces el castigo venía en forma de Némesis ajena al montaje punitivo de la sociedad. Solía reservarse para el tipo de “delincuente simpático”, del delincuente casual o imprevisto, arrastrado por las circunstancias, las malas compañías o la mala mujer: solía morir víctima de un accidente de automóvil, de una bala perdida o de una forma más truculenta, a manos del Destino. Hasta el punto de que podía fácilmente pronosticarse la muerte del personaje a los pocos minutos de proyección. Más recientemente ha comenzado a propagarse el cine donde el delincuente tiene una oportunidad, o con “final abierto”: la película termina sin que sepamos si el crimen será castigado o no alguna vez, y tiene los elementos necesarios para que los censores imaginen que el criminal será castigado, mientras que otros espectadores suponen que va a gozar de los millones robados… Son películas que todavía no han llegado a proyectarse en la televisión española y que raras veces se ven en las de nuestros cines, aunque ya vayan llegando.

Sin embargo, una crónica de sucesos real y profunda puede llegar a informar acerca de la sociedad o de sus estratos mucho más y mejor que cualquier crónica política. Es un género que difícilmente se practica porque los controles sociales son todavía muy severos -no han comprendido su utilidad real- y porque tampoco compensa a quien la practica. La descripción real del culpable, de su fondo, su ambiente, su coyuntura, la circunstancias que le han llevado al delito, sin ánimo de abogado defensor ni de fiscal -papel este último que los cronistas habituales desempeñan más habitualmente-, una descripción del ambiente del delito y otra de la víctima o víctimas y de la circunstancias que le llevaron a serlo, sería enormemente deseable. Los grandes periódicos no tratan de abordar este género. Suelen considerarlo menor y confiarlo a personas de poca responsabilidad, muchas veces en grado de aprendizaje. Los pequeños periódicos no tienen medios para ello. Por eso suele ser mejor la crónica de Tribunales -donde el periodista se beneficia de la información practicada por los demás, y tiene ya la solución en forma de sentencia- que la de sucesos.

En la nueva apertura hacia la información de sucesos puede estar ya este germen de una información amplia y completa. Tendrán para ello los periódicos que desprenderse de antiguos complejos, de suponer que el relato del crimen es sólo para públicos morbosos y sedientos de sangre, que es un género inferior y que es condenable. Y abordarlo con otro tipo de conciencia mucho más social.

Delito y pobreza

Queda, sin embargo, sin contestar alguna pregunta. Por ejemplo, la esbozada al principio: ¿Se cuentan más delitos en los periódicos, o hay ahora más delitos que antes? De una manera estadística, parece que los delitos aumentan. Hay que saber si lo que han aumentado son: a) los medios de descubrirlo; b) el número de denuncias que figuran en las estadísticas, y e) la tipificación de delitos que antes no lo eran o no existían, como, por ejemplo, los relativos al uso del automóvil, los delitos sociales o los referentes a drogas.

De la misma forma, al considerar los delitos de juventud y hablar con la terrible frecuencia con que se hace de “aumento de delincuencia juvenil” hay que contar también con las variaciones demográficas en la contextura de la sociedad española, que hacen que haya ahora mayor número de jóvenes que antes. En todo caso, parece que hay que huir de un tópico que se extiende con la facilidad con que se extienden siempre las tonterías: la de que el aumento de la delincuencia es algo que hay que pagar como consecuencia del aumento de desarrollo.

El delito es siempre consecuencia de la pobreza, aún en los casos más impensados (en los llamados crímenes pasionales, el móvil suele ser la pobreza sexual). La riqueza nunca produce delitos, más que los suyos propios, que suelen ser de tipo político. Si una sociedad altamente desarrollada, como la de Estados Unidos es al mismo tiempo una sociedad de alto grado de delincuencia – el más alto grado de delincuencia en el mundo-, es una coincidencia; no hay que achacar el delito al desarrollo y a la riqueza, sino precisamente a la mala distribución de la riqueza y la imposibilidad de llega a disfrutar del desarrollo de algunas clases o grupos.

El gangsterismo de Chicago surgió prácticamente de tres grupos minoritarios: los italianos, los irlandeses, los judíos. Eran grupos -muchas veces mezclados en un mismo “gang”, aunque no fuese frecuente- a los que se impedía el acceso a ciertas formas de poder y de riqueza, reservadas a los “blancos anglosajones protestantes”, a los que responden las siglas W.A.S.P. El gran delito acumulado de Chicago se produjo como consecuencia de una pobreza social artificial, la producida por la prohibición del alcohol, y en servicio de unas clases superiores. El delito típico de esas clases superiores era el de la corrupción, que siempre se ha castigado menos en todas las sociedades. Es un axioma que cuando más equilibrado es el reparto de riqueza de un país, sus condiciones de igualdad y su capacidad permisiva, menos son sus delitos.

Agresividad innata

En cuanto a la forma de achacar el delito a una agresividad innata, muy de moda en estos tiempos, es un desplazamiento del tema. La idea del “cromosoma de más” uniendo la noción de delito a la de masculinidad excesiva o supervirilidad, parece aberrante, y no está lo suficientemente investigada como para aceptarla, como la de un comportamiento innato – ¿instinto?-, como se desprestigió la idea de Lombroso de los criminales natos -aunque haya escuelas conservadores que la defiendan-.

Se tropieza, como siempre, al final de esos grandes temas que apenas pueden esbozarse en unas lineas, con los problemas de organización social. Una sociedad es siempre una tensión, puesto que trata de forzar a un comportamiento común a un número máximo de individuos distintos. La sociedad ofrece estímulos y castigos. Ese juego de estímulos y castigos puede ser suave, puede mantener una sociedad con tensiones mínimas, con desigualdades mínimas: en ella, los delitos serán menores y considerados con mayor indulgencia general. Puede ser, por el contrario, una sociedad con tensiones, muy elevadas, y en ese caso habrá más delitos, estará más perseguido el comportamiento individual, los castigos serán mayores que los estímulos. Son, claro, generalidades. Pero excluyen la idea de que el progreso de toda índole, material o social, llámese desarrollo o de las otras formas que puede llamarse, comporten necesariamente el aumento de la criminalidad. Sólo lo traerá si está mal adaptado, si es exclusivo, si responde a ciertos monopolios o si está sostenido por la corrupción.

La crónica llamada negra, la crónica de sucesos, en lugar de ser considerada como morbosa o dañina, puede contribuir de alguna forma a la información de las circunstancias sociales. Que se extienda en ella un periódico de la responsabilidad habitual de Ya en cuestiones morales, y la posibilidad de que dedique a ello una inversión en gastos y en algún talento, puede significar una de las formas de apertura de una sociedad que debe perder muchas de sus tensiones, y que le sería más fácil si comenzase perdiendo las tensiones artificiales, imaginarias, atávicas o simuladas.

Triunfo, 7 de abril de 1973

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