Artículo histórico

En la capital de la sopa de pescado, espías y macarrones

Los telegramas de Marsella nos hablan de un foco de espionaje franquista con ramificaciones en las organizaciones políticas francesas.

Nuestros vecinos del Norte están descubriendo la pólvora, la luna y la sopa de ajo. Antes de la revolución militarista descubrimos y denunciamos a la opinión pública los manejos y las connivencias entre falangistas, oficiales del ejército español y agentes de las organizaciones fascistas en Francia.

Las autoridades que entonces padecíamos, y que daban audiencia y se humillaban ante los cónsules de Italia y Alemania, pusieron siempre empeño en limitar, coartar y anular nuestra misión depuradora.

En el curso de la revolución hemos recibido tres telegramas incoherentes, inofensivos al parecer, de firmas que desconocemos, sobre asuntos que ignoramos, pero que con toda evidencia tenían un significado para alguna de las muchas personas por cuyas manos transitan los despachos telegráficos. ¿Y por qué no?

Toda guerra lleva consigo la plaga de las organizaciones de espías y sería inocente creer que nuestra guerra no la llevaría. Ahora, que el arte de gobernar consiste en prevenir…

Pero no se trata de eso, sino de los recuerdos que ha traído a nuestra memoria el nombre de una señora Ida que figura en la lista de los espías de Marsella.

Hemos de retroceder hasta la gloriosa epopeya de los cuarenta italianos garibaldinos que a las órdenes de Bordas de la Cuesta, y pasando por Prats de Molló, tenían que conquistar a España y proclamar la independencia de Cataluña.

Circulaba entonces por París una madama Ida, viuda, hija de un caballero que fue cónsul de Noruega en Barcelona y que, gozando de cierta fortuna, se podía permitir el lujo de vivir en un taller, hacer ver que pintaba, frecuentar a los artistas y brindarles protección.

No era exclusivista y todos los muchachos que figuraban en las huestes de Bordas de la Cuesta podrían dar fe de ello, a pesar de que no todos cultivaban las artes.

Poco antes de la epopeya, que terminó en la cárcel de París y con el desenmascaramiento de Garibaldi, vivían con la tal Ida dos hermanos que compartían al alimón el pan, el cuchillo y las sábanas de la Mecenas femenina.

Vina la epopeya y, aprovechando la desaparición momentánea de los hermanos, salió a escena un periodista catalán de los que por tres pesetas era capaz de hacer un reportaje del Polo Norte sin moverse de la taberna en que acostumbraba a emborracharse.

Oliendo el queso, nuestro plumífero va y se casa con la tal Ida, engalanado con el frac que uno de los hermanos había dejado en el taller para vestir el uniforme.

Y decía el expoliado:

-¡Qué peso me ha quitado de encima llevándoseme a esa tía! ¡Pero lo del frac no se lo perdono, porque es un instrumento de trabajo que necesito para los conciertos!

De manera que si es esa Ida Enberg la Ida Enberg de la que hablan los telegramas de las agencias, no se trata de una alemana, sino de un noruega, o española, si se quiere, puesto que nació en Barcelona.

Y no es esa dama una simple amiga, sino la legítima esposa de José Pla, el meguado periodista que por un puñado de garbanzos pasó por la humillación de poner su firma al pie de una lamida que en forma de libro impreso lleva por título el nombre de Cambó.

El señor Falgairolles (Adolfo para las damas) es otro de los caballeros cuyo nombre aparece en la lista de los espías de Marsella.

Falgairolles es uno de esos bravos franceses intelectuales que con un nombre más o menos trovadoresco o felibrés pasan por Barcelona en plan de turista para recoger lo que caiga de las mesas y aprovechar un billete de ida y vuelta a tarifa reducida.

No hablan una palabra de castellano y de catalán, lo cual les da cierto aire de superioridad.

Con aquella amabilidad que nos caracteriza, y que pudiéramos llamar cortesía si no supiéramos que la impone nuestra tontería secular, les abrimos a estos señores las puertas de nuestra casa, los acogemos en los círculos y en las Redacciones y les publicamos artículos laudatorios que aquí no tienen ningún valor, pero que luego los personajes cotizan en el extranjero.

Leyendo El Diluvio en la trinchera

Falgairolles no ha tenido en su vida otro ideal literario que el de colocar en los diarios y revistas de París, esos que se pagan a cinco francos cuando parecen espirituales, y lo parecen siempre, aun cuando no lo son nunca. (En eso consiste el “savoir faire” francés.)

Es muy posible que Falgairolles se haya acercado al núcleo de espías de Marsella, no para entregarse a sus miserables actividades, sino para encontrar en él temas de ecos para diarios fascistas o antifascistas indiferentemente.

Cierto es que la mujer de Falgairolles es aragonesa, de pura cepa, castiza y posee propiedades en Aragón que todos sabemos ahora y que es de suponer Falgairolles sabía antes de casarse.

Pero es muy posible que la pareja Falgairolles sólo trate de bienquistarse con los fascistas para salvar los predios, y así, mientras la maña puede cobrar la renta de sus bienes, el gabacho –maño consorte- halla materia para sus ecos y no resulta tan gravoso para la comunidad.

 

El Diluvio, 19 de agosto de 1937

El Diluvio portada

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