Artículo histórico

La tragedia de los paraísos artificiales

Francisco Madrid

La Cocaína

Se vuelve a hablar de una ofensiva de los paraísos artificiales; se vuelve a decir que la cocaína se vende en la calle con toda la desvergüenza posible. No es cierto, no es cierto. Justo es decir que la policía en estos últimos meses ha atacado de lleno el problema y está a punto de terminar con esa plaga.

Esto nos decide a escribir estas cuartillas, con permiso de la censura, para exponer todo el drama que representa la absorción de la cocaína, la inyección de la morfina y el sueño del opio. Vivimos en pleno artificio; vivimos en plena fantasía literaria. La literatura y el snobismo están corrompiendo a la juventud de una manera asquerosa e indigna; francamente repugnante…

En estas excursiones que hicimos al distrito quinto y de donde sacamos nuestras impresiones periodísticas, conocimos a unas cuantas desdichadas que toman cocaína, fuman opio y conocen el placer de la “picure”. Una noche, Elvira Reyna, esta admirable escritora que es lástima que no se decida a abandonar la vida perezosa, para dedicarse a las letras completamente, y yo, fuimos a un establecimiento de la calle del Arco del Teatro. Yo le dije:

  • Estoy seguro de que aquí se vende cocaína.
  • ¿En este establecimiento?
  • No, en el establecimiento, no. Pero alguien dentro del establecimiento, sí.
  • ¿Quieres que lo comprobemos? – me preguntó.
  • Sí. Toma, aquí tienes dos duros. Entra en el lavabo y pregúntale a la mujer si tiene cocaína. Si la tiene, la compras.

Se cantaba, se bebía… Se decían coplas de quereres y se oían las risas resquebrajadas de los que tenían en la garganta la manzanilla…

  • No me ha querido vender. Dice que no tiene.

Volvió.

  • No, no; no me ha querido vender.
  • ¡Insiste! – repetí.

Y a la tercera vez, cuando Elvira Reyna se sentó de nuevo en nuestra mesa, una vieja se acercó a nosotros, y nos dijo:

  • “Zeñoritos, yo les pueo ofreser eso, pero cuidao, vamos… Que ezo ez muy comprometeor y yo zoy una güena madre e familia…”

Nos entregó una cajita de sello Yer completamente llena del polvo blanco.

  • ¿Cuanto vale?
  • Seis pesetas.

Elvira Reyna, que es toda una mujer, estaba indignada; quería protestar, quería salir y llamar a la policía.

  • ¿No vez que todo esto es una escena de novela? Calla.

Otro día, al pasar por la calle del Cid. Entramos en un bar nuevo. En el bar nuevo bailaban unos marineros casi borrachos. Un tipo enfundado en una chaqueta blanca y una cesta al brazo ofrecía gambas, cangrejitos y otras porquerías apetitosas. Cerca de él había un ruso que ha venido a Barcelona huyendo de la revolución y que vende cacahuetes, con acento valenciano, para despistar, y junto al ruso un alemán; un alemán gordo y que desde hace un cuanto tiempo frecuenta alternativamente los grandes cafés de las Ramblas y los tugurios más infectos del distrito quinto. Usa un gabán raído, una perilla completamente del “Rhin” y habla un castellano cargado de ffff y chchchch. Este alemán es un compasivo. Vende cocaína a las pobres mujeres idiotizadas para que no sufran… Consuela a las que sufren y, además, gana mucho dinero. También fue Elvira Reyna la que entró conmigo en el bar infecto, siendo el asombro de todos los reunidos. Su cara perfecta, sus ojos claros, su toilette verde y su abrigo de pieles caído sobre los hombros, impresionaron a todo el mundo. Pasó ante todos sin miedo, sin vacilación, con seguridad pomposa y se acercó al alemán y le dijo que tenía que hablar con él. Salieron juntos. Yo me acerqué a ellos, y en la calle de Perecamps, tratamos con el alemán…

  • ¿Quiere usted vendernos un poco de cocaína?
  • ¡Yo no vendo eso, ssseñññorrrra!
  • ¿Cómo? ¿Usted no conoce a Olga?
  • ¿Olga?
  • Sí, sí. Es Olga, Olga la que nos envía. La de la calle de Quintana.
  • Sí es así, si es así, puede que pueda indicarles dónde pueden hallarla.
  • Por favor, que la necesitamos inmediatamente, inmediatamente – decía Elvira Reyna, fingiendo una pasión intensa por la posesión de la porquería esa.
  • Bien, bien… ¿Cuánto quieren?
  • Dos gramos.
  • ¿Dos gramos?
  • ¡Sí, sí, dos gramos!
  • Pues, no se los pondré menos de veinticinco pesetas…
  • Lo que sea, lo que sea…

Pagué y el alemán nos entregó una caja de cerillas con dos gramos de cocaína…

Esto es inaudito, ¿verdad? Pues lo más inaudito es que ya no son solamente los limpiabotas, algunos limpiabotas, claro está, los que venden cocaína; ya no son muchas diosas desalmadas las que entregan el polvillo luminoso y tentador a cuatro tontas que creen adquirir una espiritualidad y una personalidad romántica con el uso de los estupefacientes; ya no son los tipos misteriosos internacionales que venden eso, como la fórmula mágica del doctor Caligari; ya no son toda esa gentuza del ambiente pervertido ensombrecido. También son algunas “maison de modes”

La otra tarde estábamos en la redacción de El Escándalo, despachando la correspondencia, cuando apareció en el marco de la puerta un amigo joven y apasionado:

  • Amigos, amigos, amigos míos. Estoy desesperado. Mi novia, mi novia, ¿sabéis?
  • Si, sí, ella, Mary… Pues bien, se me está muriendo…
  • ¿Qué le ha pasado?
  • ¿Qué le ha pasado? No lo sé. Es decir, sí lo sé… ¡La cocaína!
  • ¿La cocaína?
  • Sí, la cocaína… Tomaba cocaína, y ha tomado una dosis tan fuerte, que va a perder la vida de un momento a otro…
  • Pero tu novia no iba a por el distrito quinto, no frecuentaba ese mundo, ¿cómo ha podido ser?
  • Se lo vendía su modista.
  • ¿Su modista?
  • Sí, sí. Su modista. Lo he sabido por casualidad. Yo no sé dónde vive su modista. Sé que se llama Madame Lucy, pero no sé nada más. Lo que sí sé es que seguí a mi novia un día. Un día que salió de casa nerviosa, enferma, que tenía los ojos apagados y la voz rota; que los nervios estallaban por cualquier pequeña contrariedad y que se encontró con la madame en “El Siglo”. Y que al salir de los almacenes mi Mary tenía la voz alegre y el carácter más humanizado; que su sonrisa era fresca y su carácter amable… En los ojos tenía un brillo especial y en la nariz un polvillo blanco. Era la cocaína, la cocaína que le vendía esa perra mujer!
  • ..
  • Sí, sí, sí; quise impedir que continuara matándose, pero ya era tarde. La encerraba en casa, pero gritaba, se desesperaba, prometía matarse dándose de cabezadas en las paredes. Yo no era nada más que su amante y yo no podía impedir que saliera. Yo no era nadie suyo. Y a lo mejor los vecinos, que son tan noveleros eran capaces de creer que se trataba de un secuestro y meterme en un lío… Estoy desesperada. Ahora ya no hay remedio… Ahora se me está muriendo, y a pesar de los cuidados de los médicos amigos, ya no creen salvarla. Se debate en lecho y sufre y reclama la cocaína y nos insulta a todos…

La tragedia de aquel muchacho era terrible, era terrible…

  • Pero esto es criminal, criminal, criminal…
  • Lo horrible – nos decía nuestro amigo- es que no ha medio de acabar con la plaga, no hay procedimiento humano, porque se escurren como águilas y saben esconder la mercancía.
  • No obstante, justo es decir que la policía ha detenido en estos últimos tiempos a vendedores de cocaína y ha sabido encontrar la guarida de la mercancía.
  • Sí, es cierto; pero aún falta mucho por hacer. Ustedes, los periodistas, deben hablar de ello; deben hacer una gran cruzada para acabar con este drama, que acabará con la juventud…
  • Es cierto, es cierto, es cierto…

La cocaína es una plaga y hay que combatirla; y hay que combatirla usando todos, todos los procedimientos para acabar con ella si no queremos dentro de poco ver como en las calles de Barcelona van la mayor parte de las mujeres con las caras escuálidas y los hombres con la mirada extraviada; si no queremos que Barcelona parezca un gigantesco patio de un manicomio de cinematografía germánica y que en lo alto de la atalaya del Tibidabo se restriegue las manos con fruición el doctor Caligari…

La Morfina

La morfina, la morfina, es la segunda plaga. Tiene menos importancia que la primera, porque nuestras mundanas son más aficionadas al polvillo blanco y fácil de tomar, que a la complicada operación de la “picure”. De todas maneras, el “snobismo” que va extendiendo la afición a la morfina, obliga a meditar los procedimientos para terminar con ella. La morfina es un calmante del dolor, y el dolor de esas desdichadas del cabaret, del dancing, de la farra nocheriega, consiste en que no han podido realizar un capricho – el “flirt” con el hombre de moda, o el tener en la carne a un bailarín de tangos. Por este capricho no realizado, estas desdichadas se entregan a la lectura de novelas cortas y a la morfina.

¡Ah! Es muy interesante, es muy interesante, según estas desdichadas, por no llamarlas de otra manera, el llegar a casa, tenderse sobre la chaise-longue, mesarse los cabellos, llorar, romper un pañuelo, morderlo haciéndolo trizas, patear un rato, cerrar la puerta del cuarto con una patada y acercarse a la mesita de noche. Abrir la cajita maravillosa, como si en ella estuviese la felicidad, preparar la jeringuilla mágica y friccionarse el brazo con alcohol, clavar la aguja y despacio, muy despacio, hacer entrar en el cuerpo el líquido maravilloso. ¡Ya está! Nueva fricción de alcohol y a tenderse en la cama, poniendo entre sus labios un cigarrillo egipcio de una caja que le han hecho comprar a cualquier “sportman” de Sabadell en el cabaret. Entonces apagan algunas luces y dejan en la penumbra la habitación; a los pocos instantes se oyen unos suspiros hondos, unas lágrimas generosas, el llamamiento a un nombre masculino o femenino y hay como una placidez de la vida, como una tranquilidad que parece que va a durar para siempre. Recuerda el caso o la persona que le hace sufrir, pero sintiendo por ella un gran afecto, recuerda solamente la parte bella de la vida y convéncese a sí misma de que todo se resolverá tal como ella cree… Es una felicidad momentánea, una felicidad apacible… Los nervios quedan amansados y aún no ha terminado de fumar el cigarrillo, que queda dormida la pobre mujer a la que la literatura, los tangos y una jeringuilla le han dado una felicidad pobremente espiritual.

Si no se duerme, pasa dos horas deliciosas; dos horas deliciosas que la dejarán más abatida que antes; más intranquila que antes; más nerviosa que antes. Tendrá que volver a recurrir a la jeringuilla o a las lágrimas…

Se intensifica el morfinomanísmo barcelonés. En ese reclusorio de Reus, va buena parte de nuestra juventud; a esa casa de salud de Reus, especializada para los pobres que han caído en la miseria espiritual de entregarse a los paraísos artificiales, van gentes jóvenes que mezclan el deporte y la morfina, el baño de sol y el cocktail, de una manera loca y absurda…

Ahí tienen ustedes el caso de aquella pobre inglesita deliciosa, rubia y menuda, que tantas veces vimos y hablamos en el “Grill-Room”. Si no llega a ser por la benevolencia de un buen muchacho que la ha encerrado en su casa de Gracia y que no la deja descender a Barcelona para nada. Esa pobre muchacha tuvo una noche un gesto heroico y emocionante.

Juan Tomás y yo estábamos cenando a primeras horas de la madrugada en el “Grim-Room”. En nuestra mesa de al lado, un buen amigo nuestro, Vidal Salvó, vestido con un smocking impecable, acompañaba a dos amigos de él completamente borrachos. Uno de ellos extranjero, el otro del país. El extranjero estaba más sereno porque, seguramente, estaba más acostumbrado a beber; el del país tenía una borrachera lamentable y grotesca. Se acercaba a todas las mesas, charlaba con todo el mundo y entorpecía las cenas con sus monólogos disparatados y absurdos. Este hombre se acercó a la inglesita y quiso piropearla.

Vidal Salvó, reconociéndonos, nos hizo un signo, como diciendo: “Dejadlo. Está borracho. Perdonarle”. Habló con la inglesita, que estaba a nuestra mesa, y al marchar, creyendo hacerle una caricia, le dio un golpe en la cabeza; era un golpe sin intención, inconsciente; pero, claro está, Tomás y yo nos levantábamos para darle su merecido a aquel “niño bien”. La inglesita nos detuvo:

  • Déjenle, déjenle… Tiene derecho a todo, yo no soy nada más que una mujer pública… Qué le vamos a hacer…

Había tanta ternura en sus palabras, había tanta emoción en su voz, que Tomás y yo quedamos cohibidos ante la frase que acabábamos de oír, y no supimos hacer otra cosa que quedar en nuestro sitio inmóviles… ¡Pobre inglesita! ¡Pobre muchacha! Y lloró ella dos lagrimones como una casa, mientras volvía el borracho a nuestra mesa, detenido por Videl Salvó, para pedir perdón, arrodillado grotescamente ante la señorita, por el daño que le había hecho y queriéndose pegar a sí mismo por lo bruto que había estado.

La pobre inglesa, a los pocos momentos pedía permiso. Entró en el lavabo y salía a los pocos minutos más radiante que nunca.

  • ¿Qué has hecho?
  • Nada, nada… Me he dado un poco de optimismo…

Tomás y yo sentimos pasar ante nosotros toda la tragedia de aquella desdichada, de aquella muchacha que llegó hermosa y joven a Barcelona, y que en poco menos de cuatro años se había convertido en un ser degradado y triste de esta trágica Barcelona de noche.

Esto es así. Morfina, cocaína…

El Opio

Por fortuna, a pesar de nuestro “cosmopolitismo”, de este ridículo “cosmopolitismo” que consiste en poseer todo ajeno vicio; por fortuna, repetimos, en Barcelona no existe ningún  “fumadero de opio”, por lo menos al modo londinense, aunque hay, desgraciadamente, algunos y algunas opiómanos.

Ni esa invasión de asiáticos que en estos últimos tiempos hemos podido notar todos, ha conseguido implantar en Barcelona la funesta toxicomanía.

Por ahora, a las tragedias que produjeron ya la morfina y la cocaína entre nuestras hetairas y nuestros “snobs”, no hay que añadir ninguna motivada por la opiofagia.

En una de esas noches que damos en calificar de alegres y en una de esas reuniones que, por nombrar de algún modo, llamamos escandalosamente divertidas, un chinito, uno de esos menudos chinos venidos a España, quien sabe si para vender collares de piedras falsas o para fomentar la exportación del producto que enriquece a su país, convenido con nuestras “compañeras de diversión”, nos trajo unas pequeñas dosis de opio, de ese opio-residuo, “dross”, único que fuma en todo Oriente la gente pobre, por su bajo precio.

Hablamos del opio, hablamos de sus efectos y ninguno se atrevía a ser el primero en ingerir el tóxico. Se conoce poco su uso y sabido es que para fumar opio se requieren delicadas manipulaciones si se pretende obtener algún resultado. Su sabor desagradable, amargo y acre, repugna a todos, como repugna siempre al que por vez primera lo prueba.

Una encantadora opiómana, que conocimos en París, nos invitaba un día a la intoxicación.

  • Notarás – nos aseguraba- una ligera excitación intelectual que te facilitará tu labor de escritor; después es como si te inmaterializases; olvidarás tus penas, la amargura de vivir, y un ensueño dulce, deleitoso, una somnolencia en que toda ideación es fácil y fugaz…

No, no la escuchamos; no nos dejamos seducir. Bastó una prueba. Ni siquiera tratamos de beber la famosa “Kokena” persa; nos bastó con aspirar un poco de “chandoo”. Sentimos vértigos, pastosa la boca, pesada la cabeza, el estómago dolorido…

  • Esto es al principio – nos repetía nuestra bella opiómana.

Sí, sí; pensábamos. Esto es la “pauta del opio”, luego llegaríamos al “ensueño”; pero, más tarde, vendría la “intoxicación tebaica”, trágica, terrible, con su serie de estigmas físicos y mentales vergonzosamente característicos.

Dijimos que: “por fortuna todavía no existe en Barcelona el verdadero fumadero de opio”. Repitámoslo y advirtamos a todos, para que todos se opongan a la propagación del terrible vicio.

Cocainómanos, morfinómanos, opiómanos… ¡Qué vergüenza y qué pena!… Piltrafas humanas… No, no. Seamos hombres, defendamos nuestra juventud, el maravilloso tesoro de la vida.

El Escándalo, 10 de diciembre de 1925

 

 

 

 

 

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