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España en nuestros corazones

 

Adam Hochschild*

Amanecer del 4 de abril de 1938. Temblando, exhaustos y desnudos, dos nadadores emergen de las gélidas aguas del río Ebro, que recibe la nieve fundida en los Pirineos, y se arrastran hasta el fangoso margen. Los dos hombres son norteamericanos.

El país está en llamas. Durante casi dos años, el gobierno peleón pero democráticamente elegido de la Segunda República se ha estado defendiendo del levantamiento militar liderado por Francisco Franco y respaldado por la Alemania Nazi y la Italia Fascista. Franco, que se ha adjudicado a sí mismo el título de Generalísimo, tiene una foto enmarcada de Hitler en su despacho y se refiere a Alemania como “un modelo que siempre tendremos ante nosotros”. El cielo sobre el Ebro en este amanecer está oscurecido por aviones de guerra, cazas y bombarderos pilotados por aviadores alemanes que el Fürher ha enviado al Generalísimo. Sobre el terreno, tanques y soldados italianos, que forman parte del contingente de 80.000 efectivos que el dictador Benito Mussolini presta a Franco, han apoyado a lanzar la mayor ofensiva de la guerra. Un poderoso impulso desde los dos tercios occidentales del país controlados por Franco con el objetivo de alcanzar el Mediterráneo y partir así el territorio de la República Española en dos mitades.

La larga lucha por el poder de Franco es el conflicto más duro que se ha dado en Europa desde la I Guerra Mundial, caracterizado por un salvajismo preconcebido no visto incluso entonces. Sus fuerzas han bombardeado ciudades hasta reducirlas a escombros, han torturado oponentes políticos, han asesinado a personas por el mero hecho de pertenecer a un sindicato, han ametrallado pabellones hospitalarios llenos de heridos, y han ejecutado sentencias de muerte con el garrote, un instrumento medieval consistente en un aro de acero que estrangula a su víctima.

Los soldados de la república se retiran desordenadamente tras sufrir el castigo de la nueva ofensiva dirigiéndose hacia el Este seguidos por las tropas de Franco con sus tanques y bombarderos. En algunos lugares, sus unidades van tan rápido que han saltado más que avanzado. Las fuerzas Republicanas incluyen miles de voluntarios de otros países, muchos de ellos norteamericanos. Algunos ya han caído. Franco acaba de anunciar que cualquier voluntario que caiga preso será ejecutado.

Las veloces aguas del Ebro cortan las escabrosas montañas del noreste de España y marcan la frontera entre la muerte y la seguridad: la ribera Este todavía está en manos Republicanas. Pequeños grupos de voluntarios norteamericanos, atrapados detrás de las líneas, han conseguido superar a las tropas franquistas de noche, guiándose por la estrella polar. Después de tres días de dormir poco, perseguidos por soldados, tanques y caballería guiados por aviones de exploración que sobrevuelan sus cabezas, alcanzan  el Ebro antes del amanecer, cerca de un punto donde, según el mapa, debería haber un puente. Entonces descubren que el puente ha sido volado y que no hay botes disponibles. Algunos de los que no saben nadar derriban la puerta de una casa abandonada para usarla como balsa en un intento desesperado; otros no nadadores se adentran en las aguas del río agarrados a un tronco de madera. Llevados por la corriente, al menos seis –cuatro de los cuales heridos- se ahogarán.

Los tres soldados norteamericanos que sí pueden nadar se deshacen de las botas y sus ropas para entrar en las gélidas aguas. Uno de ellos emerge en un lejano punto corriente abajo, pero dos jóvenes neoyorquinos, John Gates y George Watt, que tiene un tobillo torcido y una mano herida por una esquirla, cruzan las aguas juntos hasta el lado opuesto. Al alba echan a andar hacia el Este, esperan encontrar a alguien que les pueda decir dónde encontrar a los restos de su unidad. “Caminamos tiesos, desnudos y descalzos sobre un lecho inacabable de cantos y piedras afiladas que cortan nuestros pies”, recuerda Watt. “Temblamos de frio y nuestros pies sangran cuando alcanzamos la carretera… Un camión se acerca. Me pregunto qué debe pensar el conductor al ver dos hombres desnudos plantados en la calzada. Nos da un par de mantas y se marcha”.

Gates recuerda el próximo momento de esta forma: “Hambriento y exhausto, sentía que no podía dar un paso más… Nos echamos en la orilla de la carretera, sin idea de quién podría aparecer, demasiado derrotados para preocuparnos…De repente aparece un automóvil, se detiene y bajan dos hombres. Nunca me alegré tanto de ver a alguien en toda mi vida… Nos abrazamos unos a otros”.

En el Matford descapotable viajan el corresponsal de The New York Times, Herbert L. Matthews, y Ernest Hemingway, que cubre la guerra para la North American Newspaper Alliance. “Estos reporteros nos dieron buenas noticias sobre los muchos amigos que se encontraban a salvo”, escribe Gates, “y nosotros les dimos las malas noticias de los que no.” Hemingway y Matthews habían escrito a menudo sobre los voluntarios norteamericanos en España y conocían bien a algunos de ellos. Muchos están ahora desaparecidos, incluyendo al Mayor Robert Merriman de California, jefe de estado mayor de la Brigada Internacional XV, visto por última vez a unos quince kilómetros al mando de una partida de soldados que estaba a punto de ser cercada por las tropas de Franco. Ninguno de los cuatro hombres junto al río tenía noticias de su suerte.

“Hay centenares de hombres aún al otro lado del Ebro” escribió Watt. “Muchos están muertos; algunos se han ahogado. ¿Cuántos habrán sido capturados? No tenemos ni idea. Matthews toma notas apresuradamente. Hemingway está ocupado insultando a los fascistas.”  La reconocida bravuconería del novelista estaba a su máximo nivel, aunque su audiencia consistiera en dos hombres mojados y temblorosos vestidos sólo con una manta en sus espaldas. “De cara al otro lado del rio”, recuerda Gates, “Hemingway agitaba su puño cerrado. “Fascistas cabrones, todavía no habéis ganado”, gritó, “ya os enseñaremos”.

*fragmento del prólogo, traducción de Gil Toll

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Próximamente, la versión española en malpasoed.com

 

 

 

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