Al Senegal en avión

En el avión, entre la calma y el espanto

Luis de Oteyza

Aquel que interrogado sobre lo que se siente al subir en aeroplano respondió que ante todo se siente haber subido, paso de hacer un chiste fácil. Por el contrario, el placer de volar —placer doble, pues da goce al cuerpo y satisfacción al espíritu— embarga en cuanto se nota que se está volando.

Que no se nota instantáneamente. Tan suave es la arrancada del avión que pasa inadvertida. Si acaso, la que se nota al punto de despegarse el aparato del suelo es una sensación
de reposo, absolutamente inesperada, sí; pero perfectamente apreciable.
Por dos veces puede observarse esta absurda sensación: cuando alzándose la cola deja de labrar el surco de su espolón en la tierra, y después, al perder las ruedas de la parte delan-
tera el contacto con el suelo. Y desde entonces todo es calma y quietud.

¡Calma! Exactamente. Esa es la impresión. El aeroplano en pleno vuelo aparenta ofrecer al que lo ocupa una seguridad completa. Ni por un momento asalta muestra mente la
idea de que el aparato que nos sostiene puede caer. Parece que está colgado con solidísimas cadenas desde arriba, o mejor todavía, que está clavado abajo sobre inconmovible obelisco. En cuanto a pensar que pueda arrojarnos fuera de él, despidiéndonos en una sacudida… como no sufrimos sacudida ninguna…

Pero ¿quietud también? También quietud. Sin el trepidar del motor y la ventisca de la hélice, que denotan de indudable manera marcha, y marcha rauda, dijérase que el avión
permanece inmóvil. Desde el momento que alcanza cierta altura su velocidad —enorme, de unos doscientos kilómetros por hora— deja de advertirse. Cualquier otro medio de locomoción terrestre júzgase más rápido: el automóvil, el tren, aunque no sea expreso; un coche de caballos mismo.

Y es porque no se tienen próximos puntos de preferencia a los que acercarse, pasarlos y dejar atrás en seguida.

A la distancia del suelo a que se vuela, para buscar las mejores condicones de seguridad —el peligro, caso de avería, es mayor cuanto más cercana la tierra esté—, no ya los árboles, que son como minúsculos matojos ; ni las casas aisladas, que semejan simples cubos de piedra, sino las aldeas, e incluso los pueblos de alguna importancia, resultan difícilmente perceptibles, con lo que no se rompe la monotonía del campo de visión, equivalente a la que ofrece desde un navío la inmensa blancura marítima; y así, del modo que el barco en alta mar parece parado, quieto diríase que está el aeroplano en las elevadas regiones atmosféricas.

Y aún las grandes ciudades, las extensas planicies y los ingentes montes, que a causa de la magnitud de sus contornos son percibidos con claridad absoluta desde el avión, comienzan a verse, pues que la altura dilata enormemente el horizonte, cuando están todavía muy lejanos, por lo que se tarda bastante, hasta mucho, en llegar a ellos.

—Este «taxi» no corre—me dice
Alfonsito.

Asiento, riéndome. Es un «taxi» de cuarenta. Y la despectiva comparación acaba de hacernos perder el respeto al aeroplano. Se está tan tranquilo en él como en la terraza de cualquier  cervecería. Más aún; porque no vienen a limpiarnos las botas ni a ofrecernos cangrejos ni a pedirnos una limosnita por amor de Dios.

El entusiasta fotógrafo, que no puede moverse bien para enfocar la máquina, se suelta el cinturón que se ata al fuselaje. Me apresuro a imitar su confiada acción, porque me molesta física y moralmente ir amarrado. Y ya cómodo y sin señal de estar en peligro, enciendo un cigarrillo apaciblemente con una despreocupación sincera.

Fuertes golpes en el parabrisas atraen mi mirada. Es el piloto, que, volviendo el brazo, me alarga un papel. Cojo y leo el mensaje. «Prohibido fumar por la gasolina.» ¡ Caray ! Pues es verdad… Provocar un incendio sería algo horrible. Quiero apagar el cigarro escupiendo en su lumbre y no logro producir saliva. El susto me ha dejado la boca seca.

Al fin consigo que el riesgo de hacer un número de juegos artificiales cese; pero transcurre bastante rato antes de que recupere la calma. La conmoción experimientada ha sido
tal que me evitará tener hipo mientras viva, pues bastará ya siempre el recuerdo del trance pasado para cortarme el aliento. Sin embargo, no resulta inútil lo sucedido, porque me
ha recordado que es posible comunicarse con el piloto.

Y aprovecho el recordatorio. Escribo una hoja de mi carnet preguntando a M. Richard si quiere volar un poco más bajo, para que podamos tomar mejor las fotografías. Mi petición, apenas recibida, es otorgada. El aeroplano desciende a trescientos o cuatrocientos metros del suelo. La tierra, desde esa elevación, se ve perfectamente; como en un plano de relieve. Los campos cultivados, las agolpadas arboledas, los grupos de casas, se distinguen con forma y con color. Y los caminos… Por cierto que los caminos no son cintas,
según la poética expresión, sino cordones más bien. La línea férrea se muestra como dos alambres finísimos tendidos muy juntos. Un río, que acaso sea caudaloso, brilla; pero al modo de un hilo de agua no más. Estos son los detalles solos, que se destacan del conjunto. Unas volutas de humo, que se pierden entre el terreno sin fuerza para elevarse, y detrás, arrastrándose lento, un negro gusano, i El tren! ¿Y ese es el monstruo devorador de distancias?… ¡Muy equivocadamente lo cantó Campoamor!

Una torre. Sí; esa especie de mojón deslindante es el campanario de una ermita. Con ello se pretende llegar a ser oídos desde el cielo. Ya ha de voltear la esquila hasta rajarse.

Pero, ¿ y los hombres ?Verdaderamente… los hombres pueblan la Tierra. Son sus dominadores, sus dueños absolutos. Sobre ella tienen que estar. Ahora, que desde esta altura, con no ser muy grande, no se les distingue. Yo, al menos.

— ¿Ves hombres, Alfonsito? —pregunto a mi acompañante.

Me responde que sí. Allá en aquel campo. Miro hacia el lugar indicado. Unos puntos negros parecen moverse, ¡Son hombres ! Lo mismo pueden ser perros o ratones. Su tamaño no llega casi al de hormigas. Y es que los hombres, aunque haya algunos que se crean lo contrario, sobre la superficie terrena, entre el barro y el polvo, resultamos, muy poca cosa.

Heraldo de Madrid, 7 de enero de 1928

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