Al Senegal en avión

Pensamientos suicidas al sobrevolar la tormenta

Luis de Oteyza

Como queriéndose desprender de la costa, con la que sólo le une un largo y estrecho istmo a modo de tensa amarra, una península, isla casi, se interna en el mar. Es Peníscola, el solitario peñón a las olas despreció, que sirvió de refugio y sostén durante tres lustros para la terquedad indomable de Pedro de Luna.

A este personaje se le conoce más por el antipapa Luna; pero yo creo que tratándose de un paisano no se le debe calificar de manera que pueda molestarle, porque… somos patriotas o no lo somos; y si lo somos, en ocasiones así debemos demostrarlo; pues no hacerlo, según diría otro paisano, el matraco de «La rabalera»,  no sería patriotismo.
Le designaré, por tanto, con su ilustre nombre, y aún con el eminente título de Benedicto XIII que se obstinó en usar contra una universal oposición, cada vez que haya de mentarle mientras os cuento su historia.

¿Que si os voy a colocar la historia de Benedicto XIII? Pues claro que voy a colocarosla; y toda entera. Pero no os alarméis, que es sugestiva en grado sumo. Con ella, relatándosela por entregas siempre que la abordaba, el personaje que Blasco Ibáñez saca de «compadre de revista» en «El Papa del mar» consigue seducir a una señora joven, bella y millonaria. Aunque posiblemente ocurrió tal porque la infeliz
así acometida a golpes de erudición hubo de entregarse al que la perseguía con tanta saña para ver si con ello lograba que se callase ya de una vez. Sin embargo, yo procuraré no llevar a nadie que me lea a semejante desesperado extremo, siendo así mi relato lo más breve posible.

Atended, pues, lectores míos —y también vosotras, mis lectoras— con tranquilidad.

Fué que elegido Pedro de Luna Papa en Avignon para que renunciase a la tiara en favor de Bonifacio IX, a quien acababan de elegir Papa en Roma, terminando así el cisma que dividía la Iglesia, al verse colocado en la santa silla dijo que no había más Papa que él; que se consideraba único y verdadero jefe de la cristiandad; que estaba resuelto a no abdicar, pasase lo que pasase, y que los que no estuvieran conformes se aguantaran.

Y, en efecto, no abdicó. ¡ Qué había de abdicar ! Se lo pidieron el emperador de Alemania y el rey de Inglaterra, y como si me lo hubiesen pedido a mí, que soy republicano por la gracia de Dios y la ex Constitución. Carlos VI de Francia envió al mariscal Bocicant con toda clase de tropas para convencerle por las buenas, y él resistió el asedio durante ocho meses, subiendo todas las mañanas a las torres de su recinto murado, desde donde lanzaba al ejército sitiador excomuniones, acompañadas de cañonazos para que resultaran más eficaces.

Cuando no pudo ya resistir en Avignon se trasladó, huyendo disfrazado, a Chateau-Reynard, y desde allí siguió la broma, después de exonerar a los cardenales que le eran contrarios al objeto de que no pudieran destituirle.

Todos los padres de la Iglesia, incluso San Vicente Ferrer, que le había sostenido algún tiempo, le abandonaron finalmente,  convocando Concilio general en Pisa, donde decretaron su deposición «por hereje, perjuro y cismático». Y él, que real y verdaderamente era un sacerdote ejemplar, lleno de virtud y de sabiduría, permaneció más fresco que una lechuga contentándose, en justa reciprocidad, con excomulgar a cuantos acudieron al Concilio de Pisa.

Vencido al cabo, sin tesoros, sin ejércitos y huyendo de una orden de prisión dictada contra él por el rey de Francia, logró de Alfonso V de Aragón que le permitiera atravesar su reino, y vino a refugiarse en Peñíscola, lejos de todo, apartándose de todos; pero en calidad de Papa, teniendo la tiara sobre la cabeza y llevando por delante el Santísimo Sacramento.

Refugiado aquí vivió quince años, sin aceptar ninguna transigencia. ¡ Eso, nunca ! Permaneció firme en su «ideíca» el más tozudo de los aragoneses, hasta el último instante. Como que al sentirse morir nombró cardenales a los dos únicos sacerdotes que le acompañaban, y con la condición de que en cuanto él muriese habían de reunirse en cónclave y elegir uno Papa al otro, para que continuase el cisma ! No; lo que es Benedicto XIII no era «de esos tontos que se dejan convencer».

Pero además de su decisión firmísima tuvo un lugar donde asentarla inconmoviblemente. Esto es lo que observo al contemplar Peñíscola desde el avión, sin que se me oculte detalle, gracias a la altura a que lo miro, de sus excepcionales condiciones de fortaleza natural. Y por ello he recordado la vieja historia, cuya evocación pudiera parecer poco oportuna.

 

 

La tempestad en los aires

 
De pronto el avión sufre un brusco estremecimiento que hace crujir la armadura y chascar los cables. E, inmediatamente, desciende como desplomándose en vertical caída. Recobra al punto la estabilidad; pero dándonos un bote sobre los asientos
que casi nos arroja al espacio. La conmoción que padecemos resulta terrible. Cuando me recobro un poco de ella, para tranquilizar a Alfonsito, que ha sido el más expuesto a salir despedido del aparato, pues en el preciso momento del meneo estaba con los brazos sobre la borda, sacando vistas de Peñiscola, le digo:

—No es nada, un «bache».

Comienzo a explicarle en seguida lo que llaman así los aviadores; pero no puedo terminar la explicación. Otra vez somos sacudidos furiosamente, y con perceptible deslizamiento del aparato hacia el mar. Ya, esto no puede ser el descenso que a los aeroplanos produce la diferencia de densidad de las capas atmosféricas. No; no es un «bache»… ¡Tiene que ser algo peor!, ¿ Una racha de Viento? Varias, en todo caso, puesto que los arrastres de nuestro avión, fuera de la ruta que la costa marca, se repiten incesantes.

Con gran dificultad, porque no me atrevo a soltar simultáneamente las dos manos que aferro a las barras del fuselaje, valiéndome de una sola para sujetar las cuartillas y sostener el lápiz, escribo la pregunta al piloto: «¿Qué es lo que nos sucede?»

Tardo en recibir su respuesta. Sin duda, tampoco Ruc Richard se decide a abandonar los mandos que empuña. Y cuando, por fin, corresponde a mi mensaje, sólo lo hace con una palabra garrapateada.

No sin trabajo descifro las letras que forman la palabra «Sudoeste». Pero en cuanto consigo leerlas me doy cuenta entera de la situación. Sudoeste es, donde estamos, el viento formidable que se desata en la meseta central de la Península Ibérica, y cae sobre su costas Orientales, con velocidad vertiginosa al descender, continuamente, durante
todo el recorrido. ¡ El temporal que tanto temen los marinos de cabotaje de esta parte del Mediterráneo!

Hemos de resistir, pues, la tempestad que por el flanco nos ataca. Y hemos de resistirla en los aires. Dura en la tierra y peligrosa en el mar, la tempestad, sin más apoyo para defenderse de ella que sus ráfagas mismas, es algo de fiebre, de locura. No hay nada tan espantoso como una tempestad en los aires…

No lo hay ni puede haberlo. La tempestad en los aires tiene la angustia moral que la amenaza —¡ tan inminente!— de la muerte produce, sumada a un tormento físico.
El frágil aparato volador, al ser juguete del viento, que lo hunde y lo levanta, lo deja avanzar a rechazarlo luego, lo atrae de una parte y lo arroja a otra, mueve, agita, golpea a sus tripulantes. El ir así en el aeroplano es estar puesto en el potro de la tortura padeciendo dolores cada uno de los cuales puede ser el último.

Me retracto de cuanto he dicho sobre el placer de volar. O al menos añado que ese placer sólo existe cuando la atmósfera está tranquila y se atraviesa en marcha triunfante. Pero cuando la tempestad estalla, y ha de volarse combatiéndola, el goce se trueca en sufrimiento, y en sufrimiento horrible, infernal.

Además volar en tales condiciones, dando saltos y tumbos, marea. Yo no siento el mareo, pero mi acompañante sí. Y pronto se le va la cabeza y se le revuelve el estómago. Ha tratado de hacerse fuerte, llegando a su denuedo, realmente extraordinario, hasta desasirse e incorporarse para tirar una placa de las nubes tormentosas. Mas, agotadas sus postreras energías con este rasgo de dignidad profesional, se desploma, volcándose en vómitos.

¿Cómo auxiliar al que el mareo acomete yendo en un avión? Todavía en los barcos puede procurarse relativo alivio para quien se marea acostándole y haciéndole tomar bebidas tonificantes y aún alimentos ligeros, que siquiera le permitan devolver algo, mientras las contracciones estomacales… Trato de buscar el paquete donde traemos la comida y los termos que nos prepararon en Toulouse; pero no sé dónde lo pusieron al hacer el transbordo de Perpignan. Sólo puedo hacer por el pobre Alfonsito que no se golpee y no esté en trance de caerse. Para ello le tiendo entre las sacas de correspondencia y le sujeto con mis piernas sentándome ¡sobre las suyas!

Así permanezco, con los brazos doloridos de agarrarme y el cerebro
atrofiado por el temor, tiempo y tiempo. Y ¿cuánto tiempo todavía?…

Miro al reloj. Dada la hora que señala, debíamos haber llegado ya a Alicante. Pero comprendo que nuestra marcha tiene que ir muy retrasada. Hago un esfuerzo titánico y me incorporo para ver si el suelo me da alguna orientación. Seguimos volando sobre el mar, mas en la costa se muestra una ciudad grande,
i Alicante acaso !… ¡Con tal de que no sea Castellón!… La conozco, al fin, y es Valencia.

Mucho, ¡ demasiado !, me queda aún de tortura. Si al menos Alfonsito se recobrase algo consolaría mi situación. Le hablo recordándole el sentimiento del deber, que en él tanto puede.

—Estamos en Valencia—grito, poniendo mi boca junto a su oído—. Hay que sacar unas fotos.
No se mueve. Le sacudo con rudeza y repito la demanda. Sólo consigo que murmure:
—No puedo.

Me anonada verle vencido hasta tal punto. En otras ocasiones difíciles le encontré dispuesto siempre a trabajar, ¡ Mala es ésta, cuando se niega de manera semejante !

Y en tan agobiante situación, más angustiado a cada minuto que transcurre, continúo horas y horas entre un hombre que se rindió ya y otro que puede llegar a rendirse también, ¡Oh, si el piloto sufriera un instante, sólo un instante, de desfallecimiento!… Entonces no sería el aeroplano más que una hoja seca arrastrada por la ventisca, contra todo, llevada y golpeada por todos.

Pero el infatigable Richard lucha denodado. Lo veo en el constante correr de los cables que pasan a los timones de orientación y de profundidad. No se rinde, no. Yo, sin embargo, hay momento en que deseo que se rinda. Seguir la lucha contra el vendaval significa continuar siendo golpeados por las repercusiones de sus soplos. Acaso fuera preferible dejarnos llevar de uno de ellos a estrellarnos en la tierra o a hundirnos en el agua.

Tanto he llegado a ansiar el descanso, que cuando noto que el avión desciende en bajada contínua apenas me preocupa distinguir si aterrizamos o caemos. Sólo pienso que al fin voy a reposar. ¿ Eternamente?…; pues ¡mejor!
 

 

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