Al Senegal en avión

De unos héroes caídos y recuperados por la prensa

Luis de Oteyza

¿He de decir que en cuanto toma tierra el avión me dispongo a abandonarlo?… Pero lo que sí diré es que no logro hacer esto, que tan intensamente ansio. Al levantarme del asiento la ventisca de la hélice me azota la cara. El piloto ha vuelto a poner en marcha el motor.

Abalanzándose sobre el parabrisas agarro a Richard por un hombro y le interrogo dando gritos:

-¿Qué pasa?… ¿No estamos en Alicante?… ¿Seguimos volando hacia
Málaga?…

El así interpelado se vuelve y ve, sin duda, en mi rostro pintada tal desesperación que accede a darme explicaciones. Y suspende los preparativos que para remontar el vuelo nuevamente está haciendo, a fin de que pueda oírle bien.

Hemos llegado, en efecto, a Alicante y no seguimos a Málaga. Lo que ocurre es que precisamente hoy la estación alicantina ha cambiado el campo de aterriziaje. Y en la de Perpignan se han olvidado de advertirle la mudanza. A esto se debe el que, habiendo tomado tierra en el antiguo aeródromo, tengamos que volar hasta el nuevo. De ello le acaba de dar cuenta ese hombre que junto al aparato está.

—Es un momento solo. Tomar altura. orientarme y descender otra vez— me dice, finalmente, creyendo que así quedaré tranquilo.

No lo quedo, ni muchísimo menos.
Maldigo la imprevisión que me hace volar aún, cuando ya había llegado, cuando ya debía no sufrir molestias ni exponerme a riesgos… Y temblando de ira y con la bilis revuelta caigo junto a Alfonsito, casi en tan mal estado como él.

Dando tumbos, y con grandes probabilidades de matarnos, partimos
de nuevo. Parece como si la tempestad tratase de recobrar una presa que sintió escapársele de las garras.

El viento, cuando subimos del campo, nos arroja contra una casa, cuyo tejado pasamos rozando. Y luego, ya en lo alto, nos agita con más furor que nunca. Todavía en el descenso está a punto de hacemos volcar, levantando una de las alas y llevando la otra al suelo, donde choca.

No salimos, ¡ nos sacan !, del avión. Y al surgir «en brazos de las asistencias», ante el público que ha venido a la inauguración del nuevo aeródromo, nuestro aspecto es tan deplorable que hay quien, movido a piedad, acude trayéndonos un vaso de agua. ¡Dábamos lástima!

Ha sido formidable la paliza… Ahora que ya terminó es cuando lo notamos bien. ¡Al enfriarse los golpes ! Con gran esfuerzo doy los pocos pasos que me separan del hangar y caigo sentado en un montón de tablas. Y cuando se me presenta M. Cattin, el jefe del aeródromo, que amabilísimo pretende conducirme a la oficina, donde estaré más cómodo, opongo mi negativa a su oferta. Prefiero no moverme.
Donde he caído permanezco hasta que Alfonsito llega tambaleándose.
Se ha estado dando unos paseos para ver si el mareo se le disipaba. Pero inútilmente.

—Y ya sabe usted —me dice— que yo en los barcos me mareo mucho; mas apenas piso tierra se me quita. Claro está. Es que en el avión al mareo se añaden los porrazos para el cuerpo y el susto para el alma. Yo no estoy mareado, y, sin embargo, me encuentro deshecho. Pero, en fin, ya se nos pasará todo.i Con un doble descanso físico y moral… !
Mas hemos de movemos y también hemos de detenernos. Monsieur Cattin nos insta a que nos vayamos i y nos pregunta si volveremos!

—Ya es muy tarde para intentar llegar a Málaga de día. Marchense, pues, ustedes a la ciudad… ¡Ah!… Y díganme en qué hotel se alojan si quieren que vaya mañana el automóvil a recogerlos.

¿Conque el automóvil a recogernos, eh? Para traernos aquí y que volemos otra vez, naturalmente. Pero es el caso que no nos quedan ganas de volver a volar. Será cosa de pensar despacio en la continuacion del viaje. Y aún de desistir de él sin pensarlo más. Tengo en la punta de la lengua decir que esto es lo que haremos.

No lo digo porque hay demasiada gente delante. Han ido aproximándose todos los empleados del aeródromo y hasta otras varias personas que, según indiqué antes, vinieron a visitarlo por ser el primer día de su funcionamiento. ¡Que la confesión de nuestro fracaso no tenga tantos testigos!

—Pues no sabemos dónde iremos a parar. ¡Eso es! Vamos ahora al hotel Sampere. Pero si no hubiese buenas habitaciones disponibles… ¿Comprende usted, señor Cattin?  En tal caso buscaríamos otro alojamiento.

Y ya de pie, dispuesto a escapar, terminó:

—Visitaremos a usted luego en su casa. Entonces le diremos… Vaya, adiós.

Todavía nos detienen para presentarnos al Sr. Gastón Chenu. Es el piloto que mañana conducirá el avión.

—Hasta Casablanca—dice.

Y añade:

—Va a ser para mí un gran placer llevarles.

Saludo con una sonrisa más falsa que un billete de la serie C, mientras pienso que se quedará privado del singular goce que espera.

Como no pase de piloto aéreo a maquinista ferroviario no nos lleva. Y aún cuando haga de eso, no nos llevará a Casablanca, sino a Madrid.

La opinión ajena

Cuando entro en el hotel Sampere  ¡he renunciado ya a las glorias aéreas! Decididamente, de Alicante me vuelvo a Madrid, y en el tren, claro está. Son muchas las fatigas que se pasan subiendo en avión. En cuanto a mi compañero de éstas, por renunciar a subir, hasta a subir la escalera renuncia. En el portal, junto a los bultos del equipaje, se ha quedado como un bulto más. Nada, que se acabó el vuelo.

Pero ocurre que el conserje, al guiarme hacia el despacho para que pregunte si hay cuartos disponibles, me dice:

—i Que sea enhorabuena !

Agradecidísimo a su felicitación. Sin embargo, ¿ por qué me felicitará ?… Siento una ligera alarma. Alarma que aumenta viendo al propietario del hotel abandonar su escritorio y llegar hacia mí con los brazos abiertos.

— ¡Eso está muy bien! —exclama—.

¡Muy bien, sí! Volar, y hasta el Senegal nada menos… ¡Bien, señor Oteyza!

Lo que sospeché. Aquí están enterados de mi intento. Y les he de enterar que se frustra. Es una contrariedad.

Desvío la conversación del asunto, diciendo:

—Necesito dos habitaciones…
—¡Claro!… Otra para Alfonsito.

Hasta que vengo con Alfonsito sabe Sampere. ¡ Lo sabe todo ! Es decir, no sabe que me quedo.

—Pero ¿y Alfonsito?… ¿Dónde lo ha dejado Usted?…
—Pues quedó abajo. Viene rendido.
—¡ Ah, sí ! La etapa fué dura. Pero usted como si tal cosa. Usted es de hierro. Lo dice el «Diario», «el viajero infatigable».

¡ Vaya con el «Diario» ! Ya podía ocuparse de los asuntos de interés local. Estos periódicos de provincias conceden importancia a todo. Y renegando de la Prensa provinciana paso al comedor. Por fortuna el buen Sampere me deja solo, marchándose a conducir a una alcoba los restos del joven y malogrado Alfonso.

No tengo que hacer todavía la confesión vergonzante. Mas en el comedor me habla del vuelo el mozo. Este hombre, que únicamente viaja hasta la cocina y
regreso, envidia a los que van a lejanas tierras. Y si van por los aires su envidia es mayor. Desearía cambiarse por mí. ¿Cómo decirle que acepto el cambio?… Continúo ocultando el proyecto de retroceso en coche cama.

¿Que si quiero entrevistarme con un redactor de «La Voz de Alicante»
que espera en el salón?… Caramba, sí. Esto de ser un periodista —de España, el único— que da interviús en lugar de pedirlas me halaga. Aunque hoy la halagüeña situación varía. Seguramente seré preguntado sobre lo que me pienso divertir viendo negras, y habré de contestar que no veré más negra que a Josephine Baker, si, al fin, la contratan en Apolo.

De todos modos, vamos. No es posible desairar a un compañero. Y a un compañero tan amable como éste, que me saluda con un «maestro ilustre». Desde el momento que así se declara mi discípulo debo enseñarle a dar la espantada.

Y a medida que la conversación transcurre, mi duda crece. Si los periódicos alicantinos se ocupan del viaje que hago es siguiendo el ejemplo de los periódicos de Madrid. En la Prensa madrileña se me dedican extensas informaciones, colmadas de adjetivos elogiosos. ¿No lo he visto?
No; no he podido verlo, pues se habrá publicado después de mi partída. Además, no creo que sea tanto. Queriendo rebajar lo que me convendría que resultase exagerado, digo:

—Bueno, sí. Hablará algo «La Libertad». Como he fundado el periódico y nombrado a todos los redactores…

—y el HERALDO.

—Como publicaré en él lo que escriba….

—También hablan «Informaciones», «La Voz», «El Imparcial», «La Nación».

—¡ Santo Dios ! ¡ Qué notoriedad ha
logrado mi intento! Y la misma tendrá el que desista de llevarlo a cabo. Será terrible, terrible…

Tengo que seguir volando. Es imposible que yo retroceda ante la Unión Patriótica, el Somatén y los asambleístas de ambos sexos. ¡ Continúo !

Y, firme en la decisión de seguir volando, le dicto al redactor de «La Voz de Alicante» unas declaraciones que ni las del marqués de Pinedo a «Il Giornale d’Italia» cuando partió para volar alrededor del mundo. Como que hasta me he atrevido a decir que deseo que no cese el temporal, pues me gusta luchar contra el viento desencadenado, al modo de esas «aves que cantan en la tormenta».

Salgo en seguida, yendo a buscar a M. Cattin para decirle que estamos efectivamente en el hotel Sampere y que puede ir a recogemos allí su automóvil mañana.

— A las cinco y media de la mañana—  me advierte.
—A la hora que a usted le convenga. A nosotros ¡ nos es igual !

De vuelta al hotel entro en el cuarto donde Alfonsito ocupa un lecho, que es, indiscutiblemente «el lecho del dolor».
Sacudo al paciente y le ordeno que se levante par a cargar las máquinas, que deben quedar dispuestas antes de la noche.

—Habrá que acostarse pronto, pues al amanecer reanudamos el vuelo.

—¿Usted cree que podremos resistirlo ?—me pregunta con voz desfallecida.

Le respondo que no; que no creo que lo podamos resistir. Pero que es preciso incluso perecer ¡para quedar bien con la gente!

Heraldo de Madrid, febrero de 1928

 

 

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