Al Senegal en avión

Por fin, el salto a Marruecos

Luis de Oteyza

¡Qué bien aterriza el avión en el campo malagueño! No opina así nuestro piloto, pues se han hundido las ruedas por encontrar el piso reblandecido con la lluvia, y hemos estado expuestos a capotar. Pero el caso es que sólo quedamos empantanados, y en ello veo yo un símbolo. Nos agarra el suelo patrio amorosamente para impedirnos abandonarle marchando hacia donde nos acechan tantos y tan grandes riesgos. Eso debe de ser.
Mas, ¡ay!, sobre lo que nos detiene está quien nos impulsa. Chapoteando en el barrio acude el jefe del aeródromo y advierte que el aparato de recambio se encuentra dispuesto a remontarse. Conque a bajarse del aeroplano en que estamos y a subir al otro en seguida.
Conformes con lo primero, pero no con lo segundo. Antes vamos a almorzar. ¿Que la parada aquí es brevísima porque ni se deja ni se recoge correo?… Esto ya lo sabemos, y nos asombra y hasta nos indigna un poco. Lo olvidamos ahora, sin embargo. Nos preocupa otro extremo. Alfonsito asegura que si se mareó con los balances del Sudoeste fué porque tenía el estómago vacío. Y hemos jurado que tal cosa no volverá a ocurrir. Lo dicho, pues: vamos a almorzar, aunque haya de retrasarse un poco la partida.
Sí, señor; sí. Cierto que podríamos almorzar en el avión. Pero incómodos, molestos. Y determinamos hacer este almuerzo sin ninguna molestia, con toda comodidad, !por si es el último! Semejante manifestación conmueve al jefe ordenancista.
Está bien. Así como así, el piloto ha de hacer un examen prolijo del aparato que conducirá sobre el mar…
De acuerdo entonces. Que el piloto haga su examen lo más detenido posible, nosotros haremos nuestro almuerzo lo más pronto que podamos.
¡ A la mesa !
Esto de «a la mesa» es una figura retórica. En el hangar donde vamos a refugiarnos no hay mesa que valga. Pero hay unos magníficos cajones de embalaje que pueden utilizarse como mesa y como sillas. Con ellos amueblamos el comedor y, desempaquetados los víveres que traemos, damos comienzo al banquete.
He dicho banquete y lo sostengo. Un poco insustanciales resultan los fiambres siempre; pero el apetito es el condimento mejor. Y a nosotros nos abre el apetito ver a M. Chenu examinar el aeroplano. Observa el motor, hace girar la hélice, comprueba fortaleza de los mandos, templa los tensos cables. Quiere, sin duda, estar muy seguro de que nada faltará durante el vuelo a emprender.
Ello significa, seguramente, que este vuelo será peligroso. Mas se ha observado que la proximidad del peligro produce una verdadera ansia de vivir. Es la instintiva defensa de la especie. Que en nosotros ahora nos despierta las ganas.
Comemos bien y bebemos bien. Bebemos, sobre todo. Hemos pedido a
uno de los mozos del aeródromo que nos traiga vino, y este andaluz, amante de la tierra y de sus productos, nos trae dos botellas de estupenda manzanilla, ¡ Demasiado ! Pero no es cosa de dejarlas, acaso para nuestros herederos. Las apuramos hasta la última gota. No sin alguna dificultad nos levantamos y vamos al avión con paso algún tanto vacilante.
—¿Dispuestos?
Respondemos que sí. Y no mentimos. Fortalecidos con la abudante almentación y la bebida excesiva, estamos dispuestos a todo. A saltar el Estrecho y aun cualquier anchura mayor. Ocupamos nuestros sitios en el aeroplano, que ya puede remontarse.
Pero todavía el piloto pone en marcha un rato el motor antes de hacer que camine el tren rodante. Se prepara a conciencia para intentar el salto con las mayores y mejores probabilidades de triunfo. Recorremos el campo de aterrizaje y volamos al fin.
Vamos a muy poca altura y escasa marcha sobre el llano. Luego ascendemos más de lo que hace falta para pasar por encima de los montes Mijas. Bajamos de nuevo, rozando casi los tejados de Marbella. A lo alto otra vez, superando las últimas cumbres de Sierra Bermeja. Finalmente, con una mediana elevación, seguimos la línea costera, que comienza en la playa de Estepona.
Pero no de modo continuo, sino entrando y saliendo en el mar. El estado de la atmósfera, absolutamente tranquilo, no obliga de seguro a hacer tantas evoluciones.
¿Por qué se hacen ? Creo adivinar la causa de que nuestro piloto realice este trabajo extraordinairio.
—Es que el buen Chenu —le digo a Alfonsito— continúa ensayando el
funcionamiento del aparato. Nos estamos preparando a dar el salto a través del mar.
Ya vemos el Peñón de Gibraltar al extremo de la costa. Nos aproximamos a él rápidamente. La velocidad de marcha se nota que es cada vez mayor. Y mi acompañante tiene el humor de decirme:
—Sí; nos preparamos a saltar. ! Ahora estamos tomando carrerilla !.

Por las tres zonas de Marruecos
A la salida de Tánger volamos bajo, lo que nos permite apreciar cuánto y cuan bien está aprovechado el terreno. La zona internacional es naturalmente rica. Y además reina en ella la paz que el desarrollo de las riquezas naturales permite. Esto lo dicen no sólo los campos cultivados, que se extienden, sin solución de continuidad, y las casas de labor, aisladas, con confianza, en vez de agruparse temerosas. Lo dicen también los caminos, de perfecta traza y buena pavimentación, que denotan un tránsito frecuente y, por tanto, que son seguros.
Hasta una linea férrea existe. La de la Compañia francesa Tánger-Fez. Por sus rieles vemos, al cruzarlos, un tren de lujo. Sí; vagones corridos, alguno de los cuales es, sin duda, un coche restaurant.
Decididamente nuestra zona es el hueso de Marruecos. Saco esta desconsoladora conclusión comparando los alrededores de Tánger, que veo perfectamente, con los de Melilla, cuyo recuerdo conservo imborrable.
Y todavía me afirma en ella lo que a seguido veo también. El suelo ya no está trabajado ni edificado, y los caminos son simples pistas. Y no se trata ahora de los peñascales del Rif. La parte de la zona española que al sur de la zona tangerina queda es llana y parece fértil. Tiene además las grandes posibilidades comerciales de su costa en el Atlántico. No presenta, empero, señales de la intensa colonización que pudiera ofrecer con menos ariscos pobladores.
Al cabo, en la desolación del abandono, Arcila primero y luego Larache muestran las obras de ingeniería de sus puertos. El aeródromo militar de esta última posición marca nuestro dominio con los blocaos que llegan hasta Alcazarquivir y se extienden por el curso del Luckus. Pero tales construcciones castrenses significan un estado de fuerza y pregonan que quien aquí viene realiza una hazaña.
El venir en avión cambia para nosotros la difícil hazaña, rebajándola a sencillo «raid». Y como el tiempo continúa inmejorable, este «raid» no ofrece peligro alguno. Se puede estar tranquilo aquí estando en el aire, si el aire siquiera no se agita. Atravesamos, pues, con tranquilidad absoluta el territorio teñido en sangre de nuestros compatriotas.
Y ya; lo dejamos atrás. Este río es el Sebú. Hemos entrado en la zona francesa. Sobre la curva más meridional de esta línea acuosa se alza la ciudad de Kenitra. La floresta de Maimara alegra el paisaje.
Otra vez vemos buenos caminos y una nueva línea de ferrocarril: la de Fez a Rabat. También hay cultivo y población. Pero… i por aquí debió de ser donde cautivaron hace poco a los parientes de M. Steeg, el propio redidente general ! En la zona francesa, igualmente, dan un susto al que se descuida. Lo dicho: en todo Marruecos se está bien, a condición de conservarse guardando una prudencial distancia del suelo.
La aviación en estos países algún tanto salvajes resulta agradabilísima. ¡ Mucho más que en las naciones civilizadas! Cuando se vuela sobre tierra, a poco acogedora que ésta sea, se siente el deseo de recobrar su contacto materno. Pero sabiendo que no es madre; sino madrastra, ocurre lo que al volar sobre el mar: ¡que se prefiere conservarse en el aire! El descenso es la muerte, y en las alturas por el avión logradas, bien o
mal —bien si el viento no sopla y mal
si la tempestad combate—, se vive.
Considerando lo hostil del terreno por encima del cual vamos, nos sentimos muy a gusto yendo tan alto. Sin embargo, deseamos pronto bajar. Y es que vemos en la tierra algo bellísimo: las ciudades gemelas que el Oued-Bon-Regreg separa. Rabat y Salé. Tendidas a la orilla idel Atlántico, y dejando penetrar entre ambas la corriente marítima para destaciarse una y otra, las dos poblaciones árabes —terrazas y minaretes sobre vergeles floridos— compiten en hermosura y gracia. Quisiéramos visitar las dos hermanas rivales por su belleza, con objeto de establecer comparaciones que no habían de ser odiosas.
Pero vemos que sólo una de ellas nos será dado visitar. Pasamos sobre Salé sin perder elevación. En Salé no tomaremos tierra. Y era Salé para mí lugar con el que soñé muchas veces. Un buen amigo mío —mío y de España—, Idris-Ben-Said me habló mucho de esta ciudad, en la que residía. Si viviese aún el buen Idris yo haría un alto en la marcha para irle a estrechar la mano. Pero Idris-Ben-Said fué inicuamente asesinado.
…Seguimos nuestro vuelo, y, saltando el brazo de mar, vamos a aterrizar en el aeródromo de Rabat.

Heraldo de Madrid, febrero de 1928

 

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