Al Senegal en avión

Confiando en Alá

Luis de Oteyza

 

-Pero, ¿sale el avión?

-El avión, sí; no puede retrasarse más el servicio de correo.

-Pues si sale al avión salimos también nosotros.

-Como ustedes quieran. Yo he cumplido mi deber advirtiéndoles lo que hay.

Lo que hay es el siroco. El viento del Sahara. Ese antiguo y acreditado viento que antes enterraba las caravanas en la arena y ahora vuelca sobre la arena los aeroplanos. Continúa, pues, con su costumbre añeja de dificultar la travesía del desierto.

Con nosotros, sin embargo, no ha de poder, si no le ayuda quien todo lo puede. Somos fatalistas; tan fatalistas como los beduínos, que acatando los designios de Alá –sólo él es el grande- cruzan a pie los arenales agitados por el terrible soplo. Así, desdeñamos la advertencia que considera su deber hacernos el jefe del aeródromo de Casablanca.

Cuando ayer hubo de decirnos que el avión retrasaba hasta hoy la salida, ni se nos ocurrió siquiera preguntar si el tiempo era tan malo que justificase tal aplazamiento. Y ahora, cuando el avión se dispone a salir, pese a que el tiempo ha empeorado, rechazamos el aguardar condiciones atmosféricas más favorables, torciendo nuestra suerte, que es la de ir en ese avión. Yendo en ese avión, haga el tiempo que haga, lo que nos haya de ocurrir “está escrito”.

Tenemos el convencimiento absoluto de que atravesaremos el Sahara felizmente, por mucho que apriete el siroco, si nuestro sino nos reserva la dicha de morir entre las revueltas y sudadas sábanas, con la familia y los amigos en torno, el médico de cabecera dándonos potingues, y conversación el cura párroco. Y si, contrariamente, hemos de sufrir la desgracia de perecer al golpe dado cayendo desde un par de miles de metros de altura sobre el suelo movedizo, con lo que hasta los gastos de entierro nos ahorraremos, lo mismo se desplomará el aeroplano que nos conduzca el día en que la atmósfera está menos agitada.

Conque… ¡arriba! Voy hasta el aparato, que está en el centro del campo y me encaramo diciendo:

-Aupa, Alfonsito.

Pero se detiene a éste cuando va a imitar mi acción. Y yo soy invitado a descender. No hay que tener prisa.

Puesto que decidimos partir, partiremos. Pero empleando dos aviones en lugar de uno. Realizando así la expedición se disminuye el riesgo. Caso de que un avión caiga, el otro puede descender a prestarle socorro. Contra esto nada hay que objetar, claro es.

Aguardamos a que se prepare el segundo avión. Y cuando ya está dispuesto sufrimos mi acompañante y yo la contrariedad de saber que se nos separa. Cada pasajero irá en uno de los aviones. Es la costumbre siempre que vuelan aviones en pareja. Según nos dicen, para que la carga vaya repartida. Pero, posiblemente, será con el previsor objeto de que si un pasajero se estrella el otro se salve.

El pensar esto me sume en triste reflexión. Marchando unidos, lo que le ocurriera a Alfonsito me ocurriría a mí. Yendo separados no nos sucederá lo mismo. Y si el otro que cae es Alfonsito ¿cómo me presento ante Alfonso diciéndole que he dejado a su hijo enterrado en el Sahara?… Me asusta semejante probabilidad más que la de ser yo el que se mate.

Pido que no se nos separe; pero no lo consigo. Además, que si en esta etapa fuésemos juntos, en las siguientes nos separaríamos de todos modos. Desde Agadir llevaron los aviones un intérprete para que si hubiésemos de descender poder tratar con los moros; y tres personas –con el piloto cuatro- no caben en estos aparatos ligeros. Hay que resignarse, por tanto, a la separación. Alfonsito encuentra en ella algo conveniente.

-Ocupando yo otro aeroplano puedo sacar fotografías del de usted en marcha dice.

Para mí también presenta el ir en otro avión que mi compañero una ventaja. Pero no se la digo porque es menos generosa que la expuesta por él. Con lo que el siroco agitará las naves aéreas Alfonsito habrá de marearse. Y yo me ahorraré la natural angustia de verle sufrir y la no menos natural repugnancia de verle vomitar. “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Claro que esto ocurre cuando se tiene un corazón endurecido.

Un poco avergonzado de tener así el corazón, extremo los cuidados con Alfonsito. Voy a verle acondicionarse en el aparato y le ciño el cinto que sujeta al asiento, haciéndole prometerme que no se desatará. También le entrego la mayor y mejor parte de las provisiones. Y con verdadera alegría observo que ha de conducirle M. Chenu, al que ya conocemos como excelente piloto.

Me encamino hacia el otro avión, al pie del cual preséntanme a Emile Lecrivain, que es el piloto que ha de conducirme a mí. Se me ofrece con un rápido saludo y me insta a que ocupe pronto mi puesto, pues saldremos los primeros. Nuestro aeroplano es el que lleva el correo y el de Alfonsito queda destinado a darnos escolta. Ni el consuelo me resta, en la preocupación que el separarme de mi compañero me produce, de ser yo quien le escolte a él.

Despegamos, y mientras tomamos altura me revuelvo en el asiento para mirar si el otro aparato emprende el vuelo… Sí; ya está en el aire lanzándose tras de nosotros… Pues ahora que sea lo que tenga dispuesto Alá quien, además de grande, es misericordioso.

Al par que el avión eleva mi cuerpo, elevo yo mi espíritu.

Alá dios del islam. ¡A ver cómo te portas!

Heraldo de Madrid, febrero de 1928

 

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