Al Senegal en avión

Villa Cisneros, capital de Río de Oro

Luis de Oteyza

Dicho así parece algo ¿verdad? Nada menos que villa, como Madrid o Bilbao, y de añadidura el título de capital de un territorio que lleva tan armonioso y brillante nombre… Pero, consignado quedó, en Río de Oro no hay oro, ni siquiera río, siendo esto último un error del geógrafo portugués Diego Rivera, quién tomó la excesiva y estrecha prolongación de una bahía por un cauce fluvial. Y he de apresurarme a consignar que Villa Cisneros, lejos de ser superior a cualquier lugar o aldea, no llega a tanto.

Apenas penetro en su recinto murado veo que contiene lo que el de Cabo Juby, aproximadamente. Pabellones, almacenes y cuadras dando a un patio central, y a un extremo del fortín-cuartel. Un poco desilusionado, pues los datos en España recogidos me presentaban Villa Cisneros como una ciudad, pregunto si no hay más. Y se me contesta que sí, que fuera de la muralla existen múltiples y variadas construcciones.

¿Fuera de la muralla?… Sí, señor, fuera. Esto es lo que da carácter ciudadano a Villa Cisneros. Porque demuestra ser una población segura, civilizada. Los indígenas de la lengua de tierra, cuya parte oriental ocupa nuestro establecimiento, han cambiado de carácter desde los tiempos en que Herodoto la visitó creyendo que era una isla a la que denominó Cinaris. Entonces tenían muy mal genio.

Y luego también. De aquí salieron en el siglo XI los almorávides, que se apoderaron de todo Marruecos y de un buen trozo de España, y aquí estaban las belicosas tribus que rechazaron a Bethencourt, el conquistador de las islas Canarias, cuando quiso extender su conquista a la región continental vecina del Archipiélago. Posteriormente los portugueses, y más posteriormente los ingleses, intentaron asimismo establecerse en este sitio, sin lograr sus propósitos. Y aún  en nuestros días, a nosotros mismos se nos hizo resistencia. El ya citado Bonelli, en 1884, fundó, sobre el suelo que hoy ocupa esta fortaleza, una factoría que los naturales destruyeron al año siguiente.

Sin embargo, después una expedición militar hizo a tan ariscas gentes avenirse a razones. Y ahora no sólo dejan en paz a los hombres de guerra, sino que hasta permiten la penetración pacífica. Que es bien poco penetrante. Existen, sí, construcciones inermes más allá de los armados muros; pero escasas y poco importantes.

Un faro que libra a los barcos de estrellarse en la Punta Durnford, unos tinglados de la Trasatlántica, para depósito de mercancías; una factoría y secadero de pescado de la Compañía Colonial de África, y algunos refugios de los pescadores que hasta estas playas llegan algunas veces. También existe, claro, el hangar de la Compañía Aeropostal. Y unas casitas que se hicieron para ver si querían habitarlas los nómadas, que no quieren. Aunque se las ofrecieron regaladas –¡hasta libres del impuesto de inquilinato!- las desdeñan y siguen alojándose en sus jaimas de lienzo y piel.

No hay más. ¡Ni agua! Quiero decir agua dulce, bebestible. Porque el pozo de Tumurta, que la tiene abundante y excelente, aún cuando como anexo a la colonia se considere, está a veintitrés quilómetros, distancia que no se puede salvar. Pues una cosa es que los moros no ataquen el poblado y otra que permitan separarse mucho de él. Así, incluso el agua que aquí se consume ha de venir embarcada.

Es un servicio de comunicaciones marítimas no demasiado frecuente. ¡Dos barcos por mes! El de la línea de Fernando Poo y otro que de Canarias viene. Y este servicio no es tampoco muy seguro. A veces se retrasan los barcos y llegan a escasear la comida y la bebida. Según ocurre hoy, que hace seis días que se espera el navío.

Por fortuna –fortuna grande para los viajeros que apetecemos cordial acogida- habitan Villa Cisneros hasta otras cien personas que compiten en amabilidad y efusión. Destacándose entre ellas el médico de la colonia, D. Francisco Galves, que nos ofrece un refrigerio, atención estimable siempre, y más donde se padece hambre y sed. Si no llega pronto el retrasado barco, este hospitalario doctor va a tener que recetarse reconstituyentes, pues ha vaciado su despensa para obsequiarnos.

Los radiotelegrafistas D. Lucas Mendoza y D. Enrique Elena, encargados de la estación Telefunken, nos acompañan también afectuosos en grado sumo durante nuestro recorrido por el poblado. Y el jefe del destacamento militar, alférez D. José Romero, nos escolta y da ejemplo de aclamarnos al partir a los ochenta soldados del regimiento de Tenerife que manda.

Nos merecemos, ciertamente, la aclamación los que de aquí nos vamos. ¡La merecen los que aquí se quedan! Sitios habrá donde el vivir sea aburrido; pero tanto como este…

 

Heraldo de Madrid, marzo de 1928

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