Artículo histórico

El día que murió Stalin

Manuel Leguineche

Carmen Polo de Franco acudió a orar ante Nuestro Padre Jesús de Medinaceli, y Gabriel Arias Salgado, ministro de Información, dictó rigurosas instrucciones a la censura de prensa sobre cómo debería titularse en los periódicos españoles la noticia de la muerte de Stalin. La consigna era de absoluta sobriedad. La desaparición del “anticristo”, como lo había llamado Pío XII; el hombre que tenía un pacto con el diablo, como creía seriamente Arias Salgado, podía desencadenar el apocalipsis. Se habló, incluso, de un ataque atómico a Corea. El embajador norteamericano en Madrid, Staton Griffis, fue todavía más lejos: hizo extrapolaciones tremendistas, hoy desmentidas por la historia. Dijo: “Franco es España y España es Franco. Ni aun los que claman por la vuelta del Rey desean el riesgo de las incertidumbres que podrían resultar de ese cambio”.

Ocho médicos habían acudido al apartamento del Kremlin presididos por el comisario de Sanidad doctor A. F. Tretyakov y el doctor L. I. Kuperin. A las ocho de la mañana el locutor de lujo de Radio Moscú, Yuri Levitan, leyó el comunicado. Lo hizo entrecortadamente, arrastrando las palabras. No era el mismo Yuri Levitan de los días fastos, el vibrante locutor capaz de convertir la lectura de las últimas cifras del Plan Quinquenal en una lección de oratoria. De las fábricas donde trabajan 55 millones de obreros del Estado, a los koljoses, de las oficinas en las que se atarean diez millones de funcionarios y aparatehiki a los cuarteles, la noticia paralizó a la inmensa Rusia. Los comunicados, cada vez más prolijos, se repitieron por la radio a lo largo del día. La Pravda, que salió con cuatro horas de retraso, los reprodujo en primera página: «Ha habido una arritmia completa. La presión de la sangre, añadía, entre otras cosas, alcanzó un máximo de 220 y un mínimo de 120. La temperatura fue de 38,2. Se observa falta de oxígeno. En este momento se están aplicando cierto número de medidas terapéuticas con objeto de restaurar las funciones vitales del organismo.» El boletín no convencía a un lector atento y menos si éste era galeno. «Hasta se dudó si había sido redactado de buena fe. Era casi inconcebible que un hombre que había sufrido una hemorragia tan copiosa pudiera continuar con vida», escribe el biógrafo Robert Payne. Algunos de los párrafos parecían escritos por un inexperto. Los observadores advirtieron también que el comunicado había sido redactado a vuelapluma y que «era obra de muchas manos, movidas por numerosos y varios motivos». ¿Qué sucedía en realidad mientras la radio emitía música fúnebre y Alexis, el patriarca de Rusia, impetraba las oraciones del pueblo para que Stalin sanase? En torno al lecho de muerte de Iosif Visarionovich Yugachvili, de 73 años y 1,65 de estatura, dictador de las Rusias durante veintinueve años, se libraba una implacable lucha por el poder. El desenlace de esa lucha se supo al día siguiente, 5 de marzo, cuando la Pravda mencionó en su editorial «La espléndida unidad del partido y el pueblo» un nombre junto a los de Lenin y Stalin. El heredero pasaba a ser el delfín del padrecilo, el rollizo -110 kilos—, bajo de estatura, de ojos como el tizón, hijo de un latifundista y servil cumplidor de todos los deseos del mariscal, Georgy Malenkov. En realidad todos los que le sucedieron desde Vorochilov, el compañero de Stalin en las noches de vino del Cáucaso, hasta el comisario Beria, pasando por Kafanovich, Bulganin y Molotov. eran los hombres de confianza de Stalin. Serían los encargados de transmitir al mundo una imagen más tranquilizadora de los rumbos del poder en Rusia, los precursores del deshielo. Tres años más tarde, Nikita Jruschov consumó la liquidación por derribo del estalinismo y sus abusos al ratificar en el XX Congreso del Partido, celebrado a puerta cerrada, el relanzamiento del principio leninista de la coexistencia pacífica.

Sin embargo, aquel 5 de marzo de 1956 Jruschov y los seis ministros lloraban los kiries sobre la cabecera del enfermo. El último boletín fue redactado en la misma jerga médica que los anteriores. Todo hacía creer que por medio de aquella profusión de términos especializados se tratara de evitar al pueblo el conocimiento de lo irreversible. José Stalin, el hombre de acero («la stal», «soy de acero», acostumbraba a gritar en el semi-nario), murió, como Lenin y Roosevelt, de derrame cerebral. El hecho sucedió hacia las diez de la noche, pero la noticia no se divulgó a las repúblicas rusas en vela hasta la madrugada del 5 al 6 de marzo. Radio Moscú emitió la Sinfonía patética de Tchaikovsky, y a continuación el locutor dio lectura a la noticia: «El corazón de José Stalin ha dejado de latir en su apartamento del Kremlin. La muerte del mariscal constituye una pérdida irreparable para los trabajadores de la Unión Soviética y del mundo entero…» Eran las tres horas y siete minutos de la madrugada. La radio pasó a ofrecer la Suite en re de Bach.

En un colegio español, el autor de este artículo formaba filas en un largo corredor con sus compañeros de clase cuando circuló nerviosamente la noticia de la muerte de Stalin. Parecía imposible. «El anticristo», así le había llamado Pío XII, había desaparecido. Los buenos padres lanzaron suspiros de alivio en patios y claustros y la España oficial, que había convertido a Stalin en un monstruo inmortal, se quitó el gran peso de encima. Las rogativas, los ayunos por la conversión del anticristo no habían servido para nada, pero aquella tarde Pío XII, a través de las antenas de Radio Vaticano, pidió una última oración por su alma. Los diarios españoles, que costaban por entonces setenta céntimos, dieron con sospechosa parquedad la noticia. Los dos días anteriores a la muerte de Stalin se ocuparon con atención del estado del enfermo. Uno de los titulares más llamativos fue éste: «A los rusos jóvenes les parece increíble que haya podido enfermar Stalin.» O este otro: «Ni diez médicos pueden ya salvarle.» Pero la noticia de la muerte se publicó con recelo, como con temor a que una gruesa tipografía pudiera resucitar a una de las bestias negras del régimen de Franco. En realidad, el ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, había dictado rigurosas instrucciones a los camaradas censores de la Dirección General de Prensa, las columnas a que debería titularse la noticia y las ilustraciones con que iría acompañada. La consigna era de absoluta sobriedad. ¿Por qué? Quizá porque, como Arias Salgado aseguraba, Stalin tenía un pacto con el diablo. Eduardo Haro Tecglen ha contado en Tiempo de Historia que fue testigo de una intervención de Arias Salgado en el curso de un almuerzo con periodistas: «Stalin viaja con frecuencia», afirmaba el ministro de Información de Franco, «y no se dan explicaciones de dónde va. Pero nosotros lo sabemos. Se va a la República de Azerbaiján, y allí, en un pozo abandonado de las perforaciones petrolíferas, se le aparece el diablo, que surge de las profundidades de la tierra. Stalin recibe las instrucciones diabólicas sobre cuanto ha de hacer en política. Las sigue al pie de la letra y esto explica sus éxitos pasajeros».

La información sobre la muerte de Stalin se monopolizó en los despachos de la agencia Efe. El periodista Manuel Casares fue enviado a Washington para interpretar la desaparición de «Iván el terrible». «Correrá la sangre en el Kremlin. Ha muerto», escribía, «el hijo del zapatero borracho, que ni siquiera era ruso, sino georgiano. Atracador de bancos, se casó cinco veces; todas sus mujeres desaparecieron misteriosamente». Luego recogía textos de la prensa norteamericana: «Se teme que los principes herederos precipiten la guerra internacional para conseguir la unión interna.» O también: «Atención, pueden lanzar la bomba atómica en Corea.» El ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo declaraba a su paso por Manila: «La muerte de Stalin representa un grave peligro para Occidente.» La esposa del jefe del Estado acudía a orar ante Nuestro Padre Jesús de Medinaceli. En la España de aquellos primeros días de marzo de 1953 la afición futbolística seguía conmovida la pugna entre el Barcelona y el Real Madrid por la ficha de Di Stéfano. Luis Miguel Dominguín confirmaba, a la otra media España aficionada a los toros, que su retirada era un hecho: «No pienso torear más y no hay nada de mi boda con Lola Flores», manifestaba a los reporteros a su vuelta de América. Se estrenaba Muchachas de Bagdad, con Carmen Sevilla, y Corea hora cero, con Robert Mitchum. ¿Y qué creen ustedes que declaraba a los periodistas el ex embajador norteamericano en Madrid Staton Griffis? Esto: «Franco es España y España es Franco. Ni aun los que claman por la vuelta del Rey desean el riesgo de las incertidum-bres que podrían resultar de ese cambio.»

La agencia Efe dio carpetazo al tema de la muerte y exequias de Stalin con breves impresiones de algunos políticos extranjeros sobre la personalidad del dictador desaparecido. Así, Averell Harriman, que había sido embajador en Moscú, afirmaba: «Es el hombre más sádico y cruel con que he tropezado en mi vida.» Y también, quizá por ser español, incluía la del asesino de Trotsky, encerrado en una cárcel de México, Ramón Mercader: «El mundo no sabe qué gran hombre ha perdido.» El que desde luego no lo sabía era Franco. Cuenta también Haro Tecglen que poco tiempo después el jefe del Estado recibió a una comisión de periodistas que se quejaban de la crisis de la prensa española. «¿De qué se lamentan», les respondió Franco. Recientemente me ha asombrado ver el poco interés que han dado ustedes a la noticia de la muerte de Stalin. Era un acontecimiento de primera magnitud, hubiera hecho vender miles y miles de periódicos y, sin embargo, ninguno ha sabido sacarle punta. ¡Y no me dirán ustedes que se lo prohibió la censura!»

Los diarios españoles ni siquiera pudieron especular con las hipótesis nacidas a la sombra del Kremlin sobre las causas reales del fallecimiento del zar rojo. En Moscú los parques estaban nevados, el viento de la estepa soplaba sobre los cientos de miles de personas que guardaban una kilométrica cola junto a la Casa Sindical, en cuyo salón de columnas estaba expuesto el féretro forrado de satén. A Stalin le habían vestido con el uniforme de generalísimo. Tenía un puño cerrado. A sus pies podían verse las medallas sobre cojines encarnados. Aunque se podía advertir que tenía (defecto de nacimiento) un brazo más largo que otro, eso no era culpa del embalsamador. El viejo Zbarsky había hecho un buen trabajo. Fue también el que embalsamó a Lenin, pero ahora superaba su obra anterior; no en vano le acababan de sacar de un campo de concentración. Pero, ¿habían matado al hombre que más poder ha acumulado en la historia del mundo, al que Lenin llamó «rudo y zafio», al industrializador del país, al gran estratega que derrotó a Hitler, al astuto negociador que asombró y venció por la mano a Churchill, De Gaulle y Roosevelt o Truman, en Yalta, Teherán o Potsdam; al hombre desconfiado, sin pasiones (sólo las tuvo para la venganza), frío, planificador de las purgas que a partir de 1924 costaron la vida a millones de rusos? Según algunos rumores, habia sido arrojado al suelo en el curso de una fuerte discusión con Malenkov y Beria. La cabeza de Stalin habría chocado con el mármol al caer. Según otros, Stalin habría bebido una copa de coñac francés…, con veneno.Se extendía también la creencia, al parecer verosímil, de que Stalin, ya en el límite de la paranoia, del aislamiento y la manía persecutoria, se disponía a desencadenar una nueva chistka, o purga, más sangrienta que las anteriores.

Pero el testimonio de Svetlena Alliluyeva, hija de Stalin (que escogió la libertad con la ayuda de la CIA) es concluyente. Escribe en Veinte cartas a un amigo: «Mi padre tuvo una muerte terrible y difícil. La agonía fue angustiosa. Se extinguía a los ojos de todos. De improviso, en el último minuto, abrió los ojos y dirigió una mirada a toda la asistencia, una mirada extraña, furiosa, llena de temor a… la muerte, así como ante los rostros desconocidos de los médicos que se inclinaban sobre él. Su mirada se posó en todos los presentes en una fracción de minuto y, entonces, en un gesto horroroso que aún hoy no puedo comprender, ni tampoco puedo olvidar, levantó la mano izquierda, la única que podía mover…»

Existe otro testimonio estremecedor, el de Panteleimon Ponomarenko, embajador en Polonia: «Stalin yacía inmóvil, sin duda muerto. De pronto Beria se puso a  gritar en tono alborozado: “¡Camaradas, qué hora tan maravillosa! ¡Somos libres!, por fin ha muerto el tirano.” De repente vimos que Stalin abría un ojo. Beria cayó de rodillas llorando y pidió I perdón en medio de una crisis de histeria. “Querido Josip Visarionovich, usted sabe lo fiel que le he sido. Créame, volveré a serle fiel de nuevo.” Stalin no pronunció una palabra, lentamente cerró un ojo y I luego el otro.» Tres meses después (¿venganza postuma del dictador?), Beria fue ejecutado.

¿Era el ex seminarista de Gori «el político más hábil de su tiempo pero el más cruel de la historia», como me lo definió hace pocos  meses, en su casa de Belgrado, el primer disidente, Milovan Yilas, autor de Conversaciones con Stalin.

¿Era «un politicastro de provincias», como sostiene Trotsky en la biografía de su gran enemigo? ¿Un «personaje mediocre», como asegura el trotskista Isaac Deutscher, autor de una de las mejores biografías del zar rojo? ¿«Un hipócrita perfectamente sano que nun- : ca fue revolucionario, ni siquiera marxista», como afirma en Orígenes y consecuencias del stalinismo el profesor de la Universidad de Leningrado Roy Medvedev? ¿Un «demiurgo impotente convertido por el azar en el instrumento automático de un sistema», como se pregunta Jean Benoit en su estudio del dictador? ¿«Un accidente del comunismo, surgido en un momento concreto en un marco espacio temporal, la Rusia posrevolucionaria, atrasada, crispada por las consecuencias de la guerra civil, el aislamiento internacional, la hostilidad del mundo capitalista», como justifica en cierto modo el profesor de la Universidad de Poitiers Jean Ellenstein en su libro Una historia del fenómeno stalinista.

El debate sigue. «Doblad, triplicad la guardia ante la tumba de Stalin, a fin de que jamás sienta la tentación de escaparse», escribió el poeta Eugeni Evtuchenko. Hace unos días se celebró un acto en el Kremlin para conmemorar, en presencia de Brejnev y el Politburó, los sesenta años del Ejército Rojo. Cuando el ministro de Defensa | pronunció en su discurso el nombre del «camarada generalísimo Stalin» gran parte de los presentes se pusieron en pie espontáneamente, como impulsados por un resorte, y aplaudieron durante varios minutos. José Stalin se atusó los mostachos, encendió su pipa y, en efecto, sintió la tentación de evadirse de su tumba de granito rojo debajo de la muralla del Kremlin.

El País, 10 de septiembre de 1978

 

 

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