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Miseria en la Cabilia

María Santos-Sainz

Camus sólo tiene veintiséis años cuando se convierte en grand reporter[1] con su trabajo de investigación titulado «Misère en Kabilie».  Lleva apenas un año trabajando como periodista en el diario Alger  républicain, donde ha aprendido el oficio. Lo ejerce estando siempre  comprometido con la búsqueda de la verdad y de la justicia. Durante diez días  recorre a pie y en autobús esta recóndita región argelina, para lo cual se  ayuda de intérpretes, ya que él no habla árabe ni bereber. Tarda diez infatigables  días en realizar este exhaustivo y extenso reportaje, publicado por episodios  desde el 5 al 15 de junio de 1939, una excelente labor de periodismo de investigación donde su  testimonio a pie de calle —sur le terrain— le sirve para descubrir y cubrir  en directo las condiciones infrahumanas en las que vive la población local.

Tiene el mérito de interesarse por una región olvidada en un momento en el que nadie en Francia se interesa por Argelia. Como buen periodista, va allí donde nadie le espera para descubrir lo silenciado, una realidad ignorada por el resto de la prensa de Argel. Nadie hasta ahora ha revelado lo que allí está pasando y él pone sus «cinco sentidos» (estar, ver, oír, compartir, pensar), como los pusieron más tarde otros grandes reporteros de la talla de Ryszard Kapuściński. Más adelante confesará no haberse imaginado jamás lo que vio en su recorrido por Cabilia:

«Nacido pobre, en un barrio obrero, yo no sabía por tanto lo que era la verdadera desgracia antes de conocer nuestros suburbios fríos. Hasta la extrema miseria árabe se puede comparar bajo la diferencia de los cielos…»

En este completo trabajo de investigación Camus utiliza el género  del reportaje aderezado con sus análisis, a veces incluso con sus opiniones,  pero siempre ofreciendo datos en profundidad, documentando y contextualizando,  con la exactitud que permite corroborar lo que está contando. La precisión y el  rigor son las notas de esta radiografía de una realidad apabullante. Sobre el  reportaje, género periodístico estrella de la información, Camus apunta una  excelente definición, que debería ser recogida en los manuales de periodismo:  «Un reportaje: hechos, color, acercamiento»

Pero él va mucho más allá con su sentido de la precisión y de la  justicia. Desde el principio Camus tiene muy claro el estilo de escritura que  quiere emplear para expresar con mayor exactitud la dramática situación que  contempla para realizar su revelador reportaje: «Usaré el mínimo de palabras  para describir lo que veo», así lo anota en sus Cuadernos. Cuando la escena que  desea describir es más difícil recurre a un lenguaje sencillo, claro, preciso,  escueto, para que su significado moral sea más penetrante «y para que se  advierta bien la angustia y el absurdo de una situación semejante»[5], como él mismo apunta. Para Camus el «paisaje moral» es tan real como el paisaje abrupto del Norte de África.

En sus primeras entregas Camus denuncia el abandono de la administración colonial en esta región olvidada y arremete contras las excusas que se escudan en la «mentalidad cabileña» para justificar la insostenible situación de la zona. Y no duda en apuntar a la responsabilidad del gobierno de París:

Pues no conozco nada más despreciable que esos argumentos. Es despreciable decir que ese pueblo se adapta a todo. Si sólo dispusiera de 200 francos al mes para subsistir, el mismísimo señor Albert Lebrun[6] también se adaptaría a la vida bajo los puentes, a la suciedad y a la corteza de pan encontrada en un cubo de basura. En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. Es despreciable decir que ese pueblo no tiene las mismas necesidades que nosotros[7].

Camus va diseccionando las penurias de Cabilia, desde la falta de infraestructuras a la ausencia de escolaridad para los niños. Apenas si hay carreteras, ni escuelas:

Los cabileños reclaman escuelas, como reclaman pan […]. Los cabileños tendrán más escuelas el día en que se haya suprimido la barrera artificial que separa la enseñanza europea de la enseñanza indígena, el día en fin en que, sobre los bancos de la misma escuela, dos pueblos destinados a entenderse empiecen a conocerse[8].

Tampoco tienen agua potable, ni siquiera servicios de limpieza, y sus habitantes se alimentan de raíces y hierbas:

Los obreros agrícolas se llevan consigo, para comer todo el día, un cuarto de torta de cebada y un frasquito de aceite. Las familias añaden ortigas a las raíces y a las hierbas. Cocidas durante varias horas, esta planta aporta un complemento a la comida del pobre.[9]

En Cabilia el paro hace estragos, más de la mitad de la población no tiene trabajo y los que lo tienen son explotados en jornadas interminables a cambio de un exiguo salario:

Se me había dicho que los salarios eran insuficientes. No sabía que eran insultantes. Se me había dicho que la jornada de trabajo era superior a lo legalmente permitido. Ignoraba que no estaba lejos de ser el doble. No querría alzar el tono. Pero me veo obligado a decir que el régimen de trabajo en la Cabilia es un régimen de esclavitud. Porque no veo con qué otro nombre llamar a un régimen en el que el obrero trabaja de 10 a 12 horas por un salario medio de 6 a 10 francos[10].

Camus va más allá en la veracidad de los datos, ejerciendo un «periodismo de precisión» al más puro estilo directo. No sólo entrevista a los protagonistas, también pide que se le faciliten las nóminas para comprobar él mismo la realidad de los salarios. Y así lo cuenta, tal como lo lee:

Voy a citar, sin añadir comentarios, los salarios obreros por regiones. Pero querría decir antes que, por extraordinarios que parezcan, garantizo absolutamente que son ciertos.

Tengo delante de mí nóminas de trabajadores agrícolas en la región de Bordj-Menaiel. En ella podemos leer la quincena en curso, el nombre del obrero, su número de orden y el salario convenido. En una leo 8 francos, en otra 7 y en la última 6. En la columna reservada al control de entradas veo que el obrero que ha cobrado 6 francos ha trabajado 4 días de la quincena. ¿Nos damos cuenta de lo que supone esto?[11]

Con su «periodismo de intencionalidad» Camus interpela al lector, que no puede quedar indiferente ante los datos que se le están dando:

Incluso si el obrero trabajara 25 días al mes, ganaría 150 francos, cantidad con la que tendría que alimentar durante 30 días a una familia con varios hijos. Esto excede los límites de la indignación. Yo preguntaría solamente cuántos de los que me leen sabrían vivir con esos recursos.

Así va diseccionando la situación de los salarios en cada población de Cabilia, como antes disecciona la enseñanza, la indigencia, el porvenir político o el futuro económico y social. No hay nada que se le escape.

En primera persona, con un estilo de periodismo que hoy llamaríamos «a lo gonzo», Camus narra la desolación que contempla. Ante sus ojos descubre la malnutrición de los niños, que juegan entre las basuras y se disputan las sobras con los perros callejeros.

Una mañana temprano he visto a niños desharrapados en Tizi-Uzou que disputaban a unos perros cabileños el contenido de un cubo de basura. A mis preguntas, un cabileño respondió: “Todas las mañanas pasa esto”. Otro habitante me explicó que en invierno, los aldeanos, mal alimentados y mal vestidos, han inventado un método para conciliar el sueño. Se colocan en círculo alrededor de un fuego de leña y se desplazan de vez en cuando para evitar el anquilosamiento. Y durante la noche, en la miserable choza, se desarrolla sin cesar una ronda continua de cuerpos acostados[12].

Pero también cuenta cómo algunos pequeños mueren torturados por las convulsiones tras haber ingerido raíces venenosas:

Y el hecho es que vi cosas peores. Sabía en efecto que el tallo de cactus constituía una de las bases de la alimentación cabileña. Lo comprobé seguidamente, un poco por todas partes. Pero lo que no sabía era que el año pasado cinco pequeños cabileños de la región de Abbo murieron tras comer raíces venenosas. Sabía que los repartos de grano no bastaban para permitir que los cabileños subsistieran. Pero no sabía que les hacían morir y que este invierno cuatro ancianas que se acercaron a Michelet desde un lejano aduar para buscar cebada habían muerto sobre la nieve en el camino de regreso[13].

Camus denuncia el «régimen de esclavitud» en el que vive confinada la población de Cabilia tras una inmersión a fondo en las raíces de la miseria. Allí la gente muere de hambre. La insuficiente distribución oficial de harina apenas si cubre las verdaderas necesidades de la población. «Pero yo no sabía que [las autoridades] les hacían morir». No ha necesitado estadísticas, simplemente contar lo que ve, transcribir los diálogos de las conversaciones con sus habitantes, sus encuentros y entrevistas con esta gente postergada en la miseria, la “antítesis” del discurso oficial y propagandístico sobre el «buen hacer» de la colonización.

La finalidad de Camus no es reclamar compasión sino que se tomen las medidas necesarias para que la población “indígena” obtenga una emancipación intelectual, moral y financiera. Su deseo más ardiente es reconciliar Francia con este pueblo que desdeña. Llevar los valores de la República a las tierras de Argelia.

Me dirán: se trata solamente de algunos casos particulares… Es la crisis, etc. Y, en todo caso, las cifras no significan nada. Reconozco que no puedo compartir esta manera de ver. Las estadísticas no quieren decir nada y estoy bien de acuerdo, pero si digo que el habitante del pueblo Azouza que fui a ver formaba parte de una familia de diez hijos de los cuales sólo dos han sobrevivido, no se trata de cifras o de demostración, sino de una verdad reveladora. No necesito dar el número de alumnos que en las escuelas alrededor de Fort-National se desmayan de hambre. Me es suficiente con saber que esto ocurre y que seguirá produciéndose si no se socorre a estos infelices. No hace falta saber que en el colegio Talam-Aïach los maestros, en octubre pasado, han visto llegar a alumnos absolutamente desnudos y cubiertos de piojos, que les han vestido y les han rapado el pelo. Me es suficiente con saber que en Azouza, entre los niños que no abandonan el colegio a las once porque el pueblo está demasiado alejado, uno de sesenta come pan y el resto almuerza una cebolla o algunos higos.

Sin poner en tela de juicio el orden colonial —Camus nunca estaría a favor de la independencia de Argelia— enuncia su opinión frente a los desvaríos e injusticias: «Si queremos realmente una asimilación, y que este pueblo digno sea francés, no hay que comenzar por separarles de los franceses». Camus siempre preconizará que la Argelia francesa sea conforme a los valores republicanos. Y en su profundo malestar lo único que veía es que Francia le daba la espalda a su historia y a sus valores en estas tierras colonizadas. En los últimos reportajes, sugiere medidas inmediatas para acabar con esta desolación y en su análisis final saca conclusiones económicas y sociales al mismo tiempo que hace un llamamiento a los políticos para que retomen sus responsabilidades.

Esta serie de reportajes de Albert Camus tuvieron una gran repercusión. Dejaron huella. Sus denuncias de las frustraciones y humillaciones bajo el colonialismo francés las retomará el nacionalismo argelino más tarde.

Así concluye su serie sobre «La Miseria en Cabilia»:

¿No es esto suficiente? Si echo un vistazo a mis notas, veo dos veces más hechos estremecedores y desespero por darlos todos a conocer. Sin embargo, es necesario y todo debe ser dicho. Por hoy, detengo aquí este paseo a través del sufrimiento y el hambre de un pueblo. Habremos sentido al menos que la miseria aquí no es una formula ni un tema de meditación. Existe. Grita y desespera. Una vez más, ¿qué hemos hecho por ella y tenemos el derecho de volverle la espalda?[14]

Y apunta también:

No puedo evitar, finalmente, volverme hacia el país que acabo de recorrer. Sólo él puede proporcionarme ahora una conclusión. Pues de esas largas jornadas envenenadas por espectáculos odiosos, en medio de una naturaleza sin igual, no sólo recuerdo las horas desesperantes, sino también ciertas noches en las que me parecía comprender profundamente a este país y a su pueblo […]. Pues bien, allí fue cuando encontré el sentido de esta investigación. Pues si la conquista colonial pudiera alguna vez encontrar una excusa,      es en la medida en la que ayuda a los pueblos conquistados a conservar su personalidad. Y si tenemos un deber en este país, es el de permitir a una de las poblaciones más orgullosas y más humanas de este mundo que permanezca fiel a sí misma y a su destino[15].

El impacto de sus reportajes sobre «La miseria en Cabilia» se hace sentir tres días después de su publicación. La polémica se desata a partir del contraataque del diario ultraconservador La Dépêche Algérienne, próximo al círculo del alcalde Rozis. Su redactor jefe, Roger Frison-Roche firma una serie de reportajes titulados «Kabylie 39» con el propósito de reparar los daños causados por los reportajes de Camus. Además de ensalzar los resultados del colonialismo —«les grandes et belles choses réalisées par la France en Kabilie»—, ataca al propio Camus al que acusa de estar «cegado por su ideología».

Pocos meses meses después se desata la persecución por parte del Gobierno al diario que destapa la situación insostenible de la región de Cabilia. La censura militar se ceba aún más con Alger républicain. El contexto histórico no puede ser más adverso: Francia acaba de entrar en guerra contra Alemania tras la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939. Las primeras medidas no tardan en llegar. El gobierno prohíbe el Partido Comunista y el Partido del Pueblo Argelino (PPA), de tendencia nacionalista. Sus dirigentes son encarcelados y sus miembros son perseguidos. Todo movimiento político o periódico que no comulga con los principios «patrióticos» es perseguido o suprimido. Alger républicain cierra definitivamente el 28 de octubre de 1939. Camus reconocería más tarde su satisfacción por el trabajo realizado a pesar de las cortapisas de la censura:

He hecho un periódico a la manera que yo creía verdadera. Con esto quiero decir que he defendido la libertad de pensar contra la censura y la guerra sin odio[16].

 

[1] Titulo prestigioso atribuido por la prensa  francesa a un periodista de reconocido talento cuya misión es realizar  reportajes e investigaciones sobre el terreno.

[2] Cahiers 3: Fragments d’un combat (Albert Camus: Gallimard, 1976, p. 523).            

[3] «Un reportage: des faits, de la couleur, des  rapprochements» (Jean Daniel: «Le combat de Camus», art.).

[4] «J’userai du minimum de mots pour décrire ce  que je vois», en Carnets 1935- 1951 (Albert Camus: Gallimard,  2013, p. 71).            

[5]  Crónicas  argelinas (1939-1958) (Albert Camus: Alianza, 2014, p. 31).

[6]  Presidente de la República francesa  (1933-1940).             

[7]  Id., p. 41.

[8]  Id., p. 54.            

[9]    Id.,  p. 37-38.

[10]  Id.,  p. 43-44.            

[11]  Id.,  p. 44.

[12] Crónicas argelinas, op. cit., p . 33.            

[13] Id.,  p. 36.

[14]  Chroniques algériennes [Versión original  francesa de las Crónicas argelinas (op.  cit.): Gallimard, 1958]. Esta cita no ha sido retomada en las conclusiones de  la edición española.           

[15]  Crónicas argelinas, op.cit., p. 76.

[16]  Correspondance Albert Camus – Jean Grenier (Gallimard, 1981, p. 38).

 

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