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Primera página

Juan Luis Cebrián

España en guerra

Nací en un hogar burgués del madrileño barrio de Chamberí en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial. Mi padre, Vicente Cebrián, periodista de profesión aunque había cursado la carrera de Medicina, desempeñaba tareas de responsabilidad en Arriba, diario oficial de la Falange, el partido fascista español fundado por José Antonio Primo de Rivera. Se había incorporado a él como ayudante de uno de sus primeros directores, Xavier de Echarri, primo hermano de mi madre y perteneciente al grupo Escorial, una célula de jóvenes falangistas con justificadas ínfulas intelectuales. La relación de mi progenitor con aquella partida de la porra disfrazada de tertulia literaria era estrictamente personal y, aunque obviamente terminó militando en el partido único, no lo hizo tanto desde una convicción ideológica, por más que no le repugnaran sus ideas, como debido al pragmatismo de quien necesitaba un empleo para poder casarse y formar una familia. Esta nacería, como tantas otras de la España de entonces, marcada por el signo de la división política entre sus integrantes, desgarrada en su convivencia por las secuelas de la Guerra Civil.

Mi abuelo paterno, de nombre también Vicente, doctor especialista en piel y venéreas, había ejercido desde el comienzo de su carrera como oficial médico de la armada, de la que le obligaron a pedir la baja después de que fuera encarcelado por los franquistas tras la guerra, acusado fundadamente de colaborar con la República. Era un librepensador de derechas, aficionado a la buena vida, sin más entusiasmo por el dinero que el placer que da gastarlo y con muy pocas, o ninguna, ansias de poder. De joven había compartido correrías con don Manuel Merino, capitán de la Guardia Real de don Alfonso XIII, amén de periodista y progenitor de una exitosa saga de cineastas. Ambos fueron cómplices de aventuras galantes, y las malas lenguas aseguraban que en su juventud don Manuel había cubierto como enviado especial la guerra de los bóers encerrado en un chalet de la sierra madrileña desde el que enviaba sus vibrantes e inventadas crónicas «en directo desde el frente» mientras disfrutaba de los arrumacos de un par de bellas. El capitán Merino dejó el ejército después de que le sancionaran por rendir honores durante una parada militar cómodamente instalado en el interior de un simón para protegerse del espeso chirimiri que amenazaba con arruinar su uniforme nuevo. A la hora de saludar protocolariamente sable en mano a la bandera, sacó el brazo por la ventanilla del carricoche, humillándolo marcial ante los muy asombrados ojos de la concurrencia. Aquellos militares de la belle époque parecían valorar más que ninguna otra cosa la estética admirable de sus atuendos, pensados para los bailes de palacio antes que para las trincheras. Y en uno de esos bailes, o en los paseos dominicales por el salón del Prado, debió de conocer el doctor Cebrián a quien sería mi abuela Mercedes, hija única del segundo casamiento, por viudedad, del médico personal del general Espartero, el teniente coronel don José Carabias.

La vida de la familia Cebrián Carabias, compuesta por el matrimonio y tres hijos —solo uno de ellos varón—, transcurrió con normalidad y sin aprietos en los años precedentes a la guerra. No eran gentes de dinero, pero sí de posibles; tenían más que suficiente gracias sobre todo a la herencia recibida por la madre de familia. Mi abuelo había participado en la contienda de Cuba a bordo de la fragata Numancia, ocasión en la que tuvo que hacer frente a una epidemia de escorbuto. Durante la República entabló amistad con el líder conservador Melquíades Álvarez, y fue nombrado inspector general de la Cruz Roja, cuerpo a la sazón militarizado. Católicos y de derechas, aunque sin demasiados aspavientos respecto a sus creencias, la revuelta militar del general Franco pilló a los Cebrián en Madrid haciendo las maletas para las vacaciones estivales, y allí se quedaron durante los tres años de guerra, a excepción de mi padre, el más joven de la familia, que para evitar que lo movilizaran decidió refugiarse en la embajada de Cuba junto con su novia y los padres de esta. Pudo más tarde liberarse de su voluntario encierro al ser canjeado junto con otros por un grupo de presos republicanos en poder de los franquistas.

La vida cotidiana durante la Guerra Civil en el Madrid cercado por los facciosos rebeldes no debió de ser fácil para nadie. Nuestra literatura está llena de testimonios acerca de la tortura ejercida en las cárceles y checas comunistas, tanto como sobre el heroísmo popular de las tropas y los civiles fieles a la República. El «¡No pasarán!» de Dolores Ibárruri continúa siendo un grito emblemático de las izquierdas tres cuartos de siglo después de que sí lograran pasar, efectivamente, los fascistas, tal y como se encargó de cantar durante los años cuarenta Celia Gámez en los teatros de variedades. Cuando tanto se habla de la recuperación de la memoria conviene puntualizar que la de los vencedores de aquella lucha fratricida fue reiterada con veneración, recurriendo a toda clase de invenciones pergeñadas por el aparato propagandístico de la dictadura, que logró hacer perdurar el espíritu de la Guerra Civil prácticamente hasta la muerte del Generalísimo.

El imaginario colectivo de las derechas nos habla de Madrid como la ciudad mártir en la que los sufrimientos de los simpatizantes franquistas fueron infinitos. Por su parte, el de los republicanos vencidos o exiliados no cesa de cantar el arrojo y sacrificio de aquel pueblo diezmado por los bombardeos, acosado por las tropas de los nacionales y escindido finalmente en sangrientas luchas tribales entre los partidos de izquierda.

Por eso me asombró un día el comentario de mi tía Mercedes cuando me aseguró, ya durante la Transición democrática, que no se vivía tan mal en guerra. «Eso sí, todo resultaba un poco más caro», añadió con su inconfundible vocecita. Me sorprendió la frase viniendo de una persona de irrenunciables ideas conservadoras, partidaria de Franco y lectora empedernida del diario ABC, órgano vergonzoso del monarquismo a la violeta en cuya sede se había fraguado la criminal conspiración contra la República. Aquel simple comentario desmontaba por sí mismo la épica de tantos relatos que uno y otro bando volcaban sobre la opinión, tratando de galvanizarla en pro y en contra de sus respectivos puntos de vista. Caí entonces en la cuenta de que, aun siendo mi abuelo un jefe de la armada, no fue detenido en ningún momento por las milicias populares (pese a que la marinería había arrojado por la borda a la mayoría de los oficiales), su casa no fue registrada (o lo fue solo en una ocasión precisamente a la busca de mi padre, ya ausente, para que se incorporara a filas), y nadie me había hablado nunca de agresiones o vejaciones contra sus moradores como las que escuchaba que habían sucedido en otros ambientes similares. A partir de esos datos reconstruí, con la ayuda de Mercedes, un panorama probable en el que aquella familia de la clase media alta madrileña se empeñaba en seguir viviendo bajo las bombas más o menos como lo había hecho toda la vida. Mantuvieron una criada uniformada a su servicio, que garantizaba la inviolabilidad del hogar a cambio de invitar a su lecho al miliciano encargado de supervisar el área, y emplearon los restos del patrimonio común en procurarse una calidad de existencia que desdijera de las crónicas sobre las hambrunas originadas por el cerco a la capital. No sé cuánta bisutería fina tenían que desembolsar por obtener una docena de huevos frescos o un par de kilos de fruta de la mejor calidad, pero el caso es que lograron vivir en la guerra casi como en la paz, y aun mejor que cuando esta llegó, a juzgar por los recuerdos de mi primera infancia.

cebrian

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