Artículo histórico

Manuel Aznar, ficha de un perillán

Indalecio Prieto

LA ASOCIACIÓN DE LA PRENSA de Madrid, acaba de elegir nuevo presidente, nombramiento denotador de enorme descenso en el periodismo español, descenso que allí corre parejas con el de otros sectores intelectuales. Porque basta comparar la limpia historia y gran talla del primer presidente de esa asociación, su fundador don Miguel Moya, con la vida impúdica y la estatura enana del último electo, Manuel Aznar, para darse cuenta de hasta dónde ha caído aquel periodismo ayer libre y hoy esclavo.

 Moya era un caballero prestigioso que utilizaba su enorme influencia personal para mover masas populares y elementos científicos y literarios en empresas tan nobles como el homenaje a don José Echegaray cuando este dramaturgo fue galardonado con el premio Nobel, o para hacer desfilar por la tribuna de la asociación a eminentes personalidades de diversas tendencias políticas. Invitado por él, ocupó dicha tribuna Pablo Iglesias, que hablaba por vez primera a un auditorio no íntegramente obrero.

 Los gobernantes recurrían a Moya, no Moya a los gobernantes, y a veces el ahora nonagenario don Natalio Rivas presentábase en la redacción de El Liberal a solicitar de don Miguel que el periódico enjuiciase con benevolencia cualquier acto de don Segismundo Moret, jefe del Gobierno. Moya surgió en la política como diputado republicano independiente, muy afecto a Castelar, y como republicano independiente murió, aureolado de impoluta honestidad.

 Manuel Aznar es la antítesis de don Miguel Moya. No obstante, el diario Arriba -y ello revela cuán desvergonzadamente valora la Falange a sus servidores- lo ha calificado de maestro, añadiendo que “viene a entregar su magnífico prestigio de escritor, de periodista, de político y de hombre bueno a nuestra asociación”. ¡Pues apañada la va a dejar!

 ABC ha recogido de él unas declaraciones. “Desde el 18 de julio -dijo Aznar al diario de los señores Luca de Tena- juré servicio completo a Franco. No he encontrado hasta hoy ninguna razón para cambiar de opinión.” Y el diálogo prosigue así:

 – ¿Fue usted siempre consecuente?

 -Creo que no, salvo en lo esencial.

 -¿Qué es lo esencial para usted?

 -Lo que atañe a la fe y al designio entusiasta de trabajar por mayor gloria de España.

 -¿En qué puesto cree haber prestado el mejor servicio a España ?

 -Desde la dirección de El Sol, entregándome con una pasión permanente a la defensa de nuestro ejército de Africa en las horas difíciles.”

 Algo sé yo sobre el solemne juramento, la firmeza en la consecuencia esencial, el esfuerzo a favor de la gloria de España y la defensa del ejército de Africa, y como puede resultar entretenido, lo voy a contar aunque en parte lo haya contado hace años.

DE LA GUERRERA AL CHAQUÉ

 Siendo yo diputado provincial de Vizcaya -lo fui entre 1911 y 1915- concurría a reseñar las sesiones de la Diputación un mozo rubio con uniforme de soldado. Era Manuel Aznar, soldado de cuota y redactor del diario Euzkadi. Había hecho su aprendizaje periodístico en Pamplona, en La Tradición Navarra. Hijo del organista de Echalar y sobrino del párroco de este pueblo, el joven pirenáico comenzó militando en el integrismo, del cual era órgano La Tradición Navarra, pero al enrolarse en Euzkadi, órgano del nacionalismo vasco, no sintió empacho para saltar desde las filas españolistas que inicialmente capitanearan los Nocedal, hasta las separatistas alineadas por Sabino de Arana. Fue el primer brinco de Aznar, quien en los innúmeros que tiene dados y merced a su maravilloso mimetismo se asocia íntimamente a cuantos factores le llaman a colaborar confundiéndose con ellos. El separatismo de Sabino de Arana surgió tan rabioso, que El Correo Vasco, antecesor de Euzkadi, dividía por naciones las noticias europeas, apareciendo Turquía en el penúltimo lugar de aquéllas y España en el último. Todo lo español era extranjero, y extranjero de ínfima categoría.

 Aznar se especializó en Bilbao como cronista de fútbol y al estallar la primera guerra mundial, dedicóse a crítico militar. Lo mismo le daban los partidos de balompié entre el Athletic y el Arenas que los combates entre aliados y alemanes. Tanto le sedujeron la táctica y la estrategia, que tiempo después, cuando el mariscal Joffre estuvo en Madrid y se celebró en su honor un acto en el Ateneo, Aznar pronunció un elocuente discurso para explicarle al vencedor de la batalla del Marne cómo ésta se había planeado y ganado. El mariscal francés oía estupefacto que otro le enterara de cuanto él había ideado y realizado.

 Viniéndole corto el periodismo, Aznar abordó el teatro y en el domicilio social de la Juventud Nacionalista Vasca estrenó una obra titulada El jardín del mayorazgo, donde se vierten contra España los mayores insultos, los más afrentosos escarnios, las más viles calumnias. Tamaña inmundicia respondía sin duda al “designio entusiasta de trabajar por la mayor gloria de España”.

 Entonces, tan ejemplar glorificador creía hallar en el nacionalismo vasco, cada vez más pujante, campo adecuado para sus ambiciones. Pero don Nicolás María de Urgoiti, que fue a Bilbao a presidir una Junta de accionistas de la Sociedad Papelera Española, mostróse muy encantado con Aznar por una interviú que éste le hizo y se lo llevó a Madrid para dirigir El Sol, próximo a fundarse. Abandonando las ideas separatistas, el intrépido reportero retornó al españolismo, no al españolismo cavernícola de su etapa integrista, sino al españolismo liberal de don José Ortega y Gasset, principal mentor de la nueva publicación, si bien hubo de avillanarlo pronto poniéndose a bailarle el agua al conde de Romanones, de quien esperaba más provecho que del filósofo. En fin, de sabiniano se trocó en romanonista.

 En 1918 encontré a mi desenvuelto colega mariposeando por los pasillos del Congreso vestido de chaqué. Esta transformación de su indumento me asombró. Era el único chaqué, aparte del usado por el presidente de la Cámara, cuyo faldón aleteaba a diario en aquel palacio. Ya los diputados habían prescindido de levitas y chaqués, reservando tales galas, o la del frac, para solemnidades como las de jurar el cargo y oír el mensaje de la Corona leído por el rey. La elegancia de Aznar parecía, pues, algo desorbitada, pero en cualquier forma, un hombre procedente de provincias y nacido en un pueblo montañés que de repente se lanza ataviado con chaqué en la corte, demuestra extraordinaria valentía que le capacita para las más arriesgadas empresas. A cualquier pobre mortal le asusta cambiar así de atavío, mas Aznar reemplazaba el suyo con igual facilidad que la etiqueta política.

 Eso que él llama “defensa de nuestro ejército de Africa ” fue simplemente defensa del jefe del mismo, general Berenguer, premiado con copiosas compras de alambre espinoso para cercar puestos de va día y de picos y palas para cavar trincheras, operaciones muy lucrativas con las cuales ganó su primer dinero fuera del oficio.

EL SMOKING ENSANGRENTADO Y LA CASACA DIPLOMÁTICA

 Habiendo perdido la dirección de El Sol, Manuel Aznar decidió venir a América. En el mismo barco viajaban el cardenal Benlloch y la baronesa de Alcahali, aventurera algo ajada aunque todavía de ver, valenciana y rubia, que tenía por capricho enamorar a altas personalidades, figurando en su relación de conquistas el ex sultán Haffid, varios generales y algunos escritores. Al fin, terminó conformándose con diputados lerrouxistas. La baronesa, queriendo completar con un capelo cardenalicio su baraja amorosa, donde ya figuraba un fez imperial, se dedicó en el buque a ponerle los puntos al purpurado fiando en fama, quizá injusta, de escaso respeto al voto de castidad más viendo que pinchaba en hueso, engatusó a Manuel Aznar, con quien llegó emparejada a México. De alguien necesitaba la infeliz, pues estaba sin blanca, y aquel mozo no sentía escrúpulos ante el dinero.

 México parecía terreno abonado para negocios audaces y discurrió, entre otros, el de confeccionar cajas de cerillas que llevaran en la tapa el retrato de Obregón. Todo se le vino inopinadamente a tierra. Dispuesto en su obsequio un banquete, la Alcahali, no convidada se acicaló para asistir también al festín. El amante no pudo disuadirla. Hecha un basilisco se lanzó sobre él, tundiéndolo a golpes. Los camareros del hotel se las vieron y se las desearon para salvar a Aznar quién con la cara surcada de arañazos y el smoking y la pechera manchadísimos de sangre, no pudo concurrir al ágape. El escándalo le hizo partir de México sigilosamente, apareciendo en Cuba, donde se contrató como heraldo periodístico de Machado.

 Cuando la Sociedad Papelera Española, valiéndose de cuantiosos créditos contra El Sol, se adueñó por completo del gran diario, Félix de Lequerica, consejero de aquélla, pensó hacer del periódico su escabel político confiando de nuevo la dirección a Aznar. Pocos meses después advino la República. Aznar, con su característica desfachatez, cambió de rumbo, convirtiéndose de monárquico en republicano, como antes había pasado de separatista vasco a unitarista español.

 Cierto día oí leer, en Consejo de ministros, un proyecto de decreto nombrando a Manuel Aznar embajador de España en La Habana. Así, quienes manejaban El Sol, adquirido con dinero generosamente aportado por don Jaime Carner y otros catalanes amigos suyos para apoyar la política de don Manuel Azaña, se desembarazaban de Aznar sin pagarle indemnización alguna. Pero yo me opuse enérgicamente a un nombramiento deshonroso para la República, frustrándolo. Entonces no pudo Aznar colocarse la casaca diplomática; se la ha colocado en época de Franco.

EL MONO MILICIANO Y LA CAMISA FALANGISTA

El azañista fervoroso transformóse en maurista acérrimo redactando escritos que contra el Gobierno Azaña suscribió don Miguel Maura. Este, a través del banquero don Valentín Ruiz Senéri, proporcionó a su flamante colaborador el cargo de secretario en la Compañía tranviaria de Madrid.

 Una mañana de julio de 1936, varios días después del 18, en que, según dice, “juró servicio completo a Franco”, presentóse Aznar en mi domicilio madrileño de la calla de Carranza número 20, pidiendo que le recibiera. Extrañóme su visita, porque no nos relacionábamos. Le recibí y acongojadamente -me expuso sus cuitas: temía que los anarquistas le asesinaran, pese a haber facilitado -¡otra prueba de su indomable lealtad ¡- la colectivización de la Compañía tranviaria. Los socialistas dependientes de ésta le amparaban y varios de ellos habíanle escoltado hasta mi casa. Bajo su protección, sentíase segurísimo durante el día, pero resultábanle terribles las noches en que los cenetistas iban en su busca por todas partes, viéndose, obligado a mudar de refugio diariamente. Le aconsejé que no saliera de día ni de noche de la oficina, instalando allí mismo su dormitorio, pues los obreros socialistas de cocheras y talleres le defenderían. Parecióle admirable la idea -algo digno de admiración he de producir yo- y recordó que podía montar un holgado aposento entre su despacho y el inmediato cuarto de baño . Al cabo de cuarenta y ocho horas vino de nuevo, acompañado por su escolta de tranviarios socialistas. La tranquilidad había vuelto a su espíritu y quería darme las gracias porque la solución que yo discurrí para su seguridad era perfecta. Pasaba las noches confortablemente y sin sobresaltos.

 El Frégoli navarro apresuróse a vestir uniforme de miliciano -un mono u overol de dril-, igual que los demás miembros del Comité obrero colectivizador. Con ellos se presentaba en el Ayuntamiento, y al entrar en el despacho del alcalde era el primero en saludar milicianamente, brazo en alto y con el puño cerrado.

 Persuadió a sus “camaradas” del Comité de la necesidad de trasladarse a Bruselas para tratar asuntos con el Consejo de la Compañía y, llegados a París, les dio esquinazo. En la frontera francesa, que repasó camino de Echalar para internarse en territorio faccioso, aún echó pestes contra Franco. Dos días más tarde aparecía en Zaragoza ostentando camisa azul y mezclándose con jerarcas de Falange. Sin embargo, hubo falangistas que desconfiando de su juramento de servir a Franco, prestado in mente, le metieron en prisión. Pasó mucho miedo, sobre todo en Burgos al ser sacado de su misma celda don José Elorza, ex director de la cárcel de Madrid, para fusilarlo por el horrendo delito de haber asistido al entierro de la esposa de Largo Caballero.

 Teniéndose en cuenta los méritos de su hijo mayor, “camisa vieja” de Falange, y los contraídos por su cuñado, el antiguo futbolista Chomin Acedo, que se hartó de asesinar a prisioneros republicanos en Haro y otras poblaciones ribereñas del Ebro, fue puesto en libertad Manuel Aznar, el cual, no sintiéndose seguro en España, huyó a Francia, desde donde enviaba a periódicos falangistas minuciosísimas crónicas de combates de nuestra guerra civil, cual si los hubiera presenciado. Si al mariscal Joffre no le satisfizo la descripción de la batalla del Marne que Aznar le hiciera, a Franco le placían cuantos quiméricos relatos de combates le presentaban como magno estratega y supremo héroe. Ningún vanidoso desdeña lisonjas aunque provengan de truhanes.

 La magnanimidad del Caudillo permitió al zascandil de Echalar volver a España y a poco lucir la ansiada casaca diplomática, primero en Washington, como ministro consejero, y luego en Santo Domingo y Buenos Aires como embajador. Actualmente lo tienen presidiendo la Asociación de la Prensa de Madrid.

 Entre sus mayores vilezas figura un artículo que, lleno de injurias para Fernando de los Ríos, escribió a raíz de la muerte de éste, de quien afirmaba que “cayó en el más grave y desnacionalizado menosprecio hacia cuanto España ha sido, es y habrá de ser,’. Eso decía de un español insigne, abrasado en amor a España, el inmundo autor de El jardín del mayorazgo.

 Y a semejante Perillán, con ficha tan repulsiva en periodismo y política, se le denomina maestro en las columnas de Arriba. A tal maestro, tales discípulos. ¡Buena pro les haga!

Convulsiones de España. Tomo I,  pág. 327-332 .27 de abril de 1955

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