Artículo histórico

¿Finis Cataloniae? El fin de una película de “gángsters”, simplemente

Carlos Sentís

Entre la neblina que el sol de este domingo de febrero deshilvana, se ha abierto el eco del último cañonazo sobre la tierra catalana. Ante la serenidad inmutable de un Canigó enteramente blanco y un Cabo de Creus extendido perezosamente sobre un mar espumoso, han cesado las últimas escenas guerreras que ha presenciado este Pirineo tan conocedor de Ejércitos y de batallas.

Esta vez el Pirineo se ha limitado a funciones de Portero Mayor. Quizá el pobre viejo está ya tan cansado de presenciar luchas, que ha preferido contemplar un mero desfile. Una sencilla distracción o pasatiempo para el que ha visto pasar todo un Ejército de Aníbal. Sí; porque por los mismos sitios y pisando las mismas piedras ha pasado el ejército rojo con sus grandes camiones e incluso con sus tanques, que son la modalidad moderna de los elefantes ‘que componían las fuerzas de asalto de los cartagineses.

Pero, que el lector me perdone, aquí acabo con las comparaciones. No queda ya otra. El paso de los dos Ejércitos es, de tan distinto, opuesto. Unos iban, los otros corrían. Los primeros atacaban, los segundos escapaban.

El paso del ejército rojo se puede explicar o comentar de muchas maneras. De todas, menos en forma de cantar de gesta. Verdaguer no podía jamás prever que un día tendría lugar ésta parodia del «Paso de los Pirineos» que él cantó. ¿Recordáis los versos de epopeya?

«I avall, onades d’homes a onades succeeixen,

totes de ferro a onades d’acer sense parar,

Com mai encara en surten al cim,

i ja cobreixen el pla.

Les del Massana seguint cap a la mar,

mostrant al sol s’escata d’argent que lluenteja,

apar serpent enorme que corre i anguileja,

des de Banyuls a Salces,
de Salces fins Osseja,

podent dues vegades el Rosselló faixar.»

 

¡Dios mío! ¡Dios, mío! ¡Y que monótona es la Historia. Exacto, matemáticamente exacto, se podría hoy así describir esta serpiente de «material» y hombres que por Port-Bou y El Pertús sale precisamente para Banyuls y Osseja, respectivamente. Dice Verdaguer que aquellas huestes podían fajar en doble vuelta al Rosellón.

Esta nueva columna de hombres, de hierro y de acero — «oleadas de hombres a oleadas suceden; olas de hierro a oleadas de acero sin parar» — se extendía días pasados de Gerona a la frontera. Más de una compañía, — concretamente el 32 batallón de Infantería — creyendo que por todas partes cuecen habas (lentejas en este caso), se negaba a desarmar y algunos puros pistoleros de las fuerzas del «Gouvernement» ya se habían escondido en los ejes de los vagones de la estación de Perpiñán, con sus bolsillos repletos de bombas de mano y sus pistolas-ametralladoras bajo el- brazo… ¡Pobrecillos!… Del primer puñetazo les han cerrado la boca del estómago… infelices! Ellos desconocen el francés o, algunos, ni leer el periódico saben para enterarse que ya hoy en Francia son también los marxistas, «los marxistas presuntuosos», traducido literalmente de un periódico de izquierdas.

Los rojos, al volar tos puentes, nos han causado un perjuicio real y tremendo. Real y tremendo a mí y a mi amigo, este audaz operador de la Cinematografía Nacional que parece arrancado de un film americano. Pero a las Divisiones Navarras o Marroquíes, al Ejército, en  general, estas voladuras han sido tan ridículas como echar gravilla para impedir el paso de una apisonadora.

¡Pero los últimos puentes no estaban volados ya; les hubiesen cortado la propia retirada, como ya ocurrió a muchos grandes camiones de la D.C.A., que se han quedado a dos kilómetros de la frontera, inmóviles como rollizas perdices sorprendidas por el perro.

Yo no sé si Aníbal por aquellos caminos, que hoy cubre el asfalto de la carretera, dejaba muchos huesos de elefantes. Ignoro qué dejaba en pos de sí el  coloso de las anchas espaldas. Pero en cambio he visto lo que ha dejado tras su huella este otro «coloso» de Negrín. Sencillamente ha dejado la mayor cantidad de restos de automóvil que se puede ver hoy en Europa. Los cementerios de Automóviles de Detroit ya sabemos que son insuperables.

¡Cómo se ha parecido esta Revolución (-en Cataluña – ) a una inmensa película de «gangsters»! ¡Qué copia tan siniestra de esta producción «standard», con la cual la judía Hollywood invade el mundo!… Todos recordamos que las primeras manifestaciones de la revolución en Barcelona fueron los grandes coches aristados de «Parabellums» y «Hammerless» derrapando por el asfalto de la calle Balmes con los neumáticos chirriantes y enloquecidos.

Y, ahora, las últimas manifestaciones: coches quemados, como cerillas, en el Fluviá; coches aplastados en Figueras y coches despeñados par la carretera de Port de la Salva-, como el final espectacular de una película de Gaorge Raít. Desde el fondo de los barrancos de la Costa Brava los coches muestran sus ejes y sus diferenciales, panza arriba,. en la última instantánea de su desplome que contemplaban, allá arriba, grupos huidizos de aficionados al espectáculo del celuloide. Les faltaba este detalle americano para completar dos años de esta vida de película de «gangsters»; grandes parajes, pistolas en el bolsillo interior de la americana, negocios de exportación  y chantaje, fechorias colectivas y desorden integral.

No puedo resistirme dar fe: si el lector quiere vivir media hora de película del más puro sabor Metro Goldwin Mayer no tiene más que trasladarse a la Cheka instalada en casa de los Conde de San Gervasio: mezcla brutal de lujo y desorden; cigarrillos de marca U. E. of A.; revistas y periódicos americanos: el. «New York Worker», el «Nash»; discos de Benie Cárter, botellas vacías y material de tocador femenino. Pero hacia las crestas – que uno tuvo que subir a pie por los puentes volados de la carretera – que sostienen y basan el Cabo de Creus,- las huellas no son tan americanas ni modernas. Aquí y allí, desperdigados por el monte, quedan los restos de cabras y carneros que sacrificó el Ejército rojo al dios de la derrota antes de saltar ágilmente la línea fronteriza. El sol saca destellos relucientes del tejido triposo del ganado ya devorado; los cuervos y los buitres desde muchos centenares de metros se lanzan veloces… No tienen, a Dios gracias, otra comida. Estos parajes de poesía, estas mágicas tierras del Ampurdán se han ahorrado, por esta vez, la visión de cadáveres humanos.

Contando con la rapidez de sus ocho cilindros, ha habido «ministros y mininistrables» rojos que han llegado a distancias irrisorias.

El día de la entrada en Barcelona comimos el arroz preparado para Juan Comorera, y según me contó un periodista francés en la frontera, Negrín pasó a las 3,45 – junto con su escolta de siete coches de poderosa marca americana -. Eso es, a muy poco de llegar el propio General Solchaga.

Azaña, por el contrario, pasó el primero y no se quedó en Perpiñán. Los periódicos framceses que nos entrega nuestro amigo, nos lo muestran en los alrededores de Chamonix, en casa de un compañero de su cuñado Rivas Cherif, la mujer del cual declara, a los periodistas:

«¡Ahi, si se hubiese escuchado a Azaña…

Pero no se le escuchó y quisieron resistir!…»

Ya empiezan, pues, las peleas y el descargo del muerto. La desgracia no los hará más dignos.

El propio periodista francés me da el último ejemplar del «Candide», semanario amigo de la España Nacional. En su primera página se lee: «LOS ÚLTIMOS DÍAS DE CATALUÑA.»

¿ «Finis Cataloniae». ?

Pero, por Dios!… Estos periodistas franceses no curarán nunca. Tras lo pintoresco, tras el afán de dramatizarlo todo, caen en el folletín más falso.

Señores,- un poco de reflexión:

Bueno, sí:
«Los últimos días de Cataluña»… la de Durruti…
«Las últimas horas de Cataluña»… la de Companys… la de Negrín…
¡Perfecto!

Pero Cataluña es algo más y algo más eterno que eso. Eso no ha sido más que «The End», el cartelito de «Fin» de esta gigantesca ampliación de «Scarface» o de «El Imperio del Crimen». Aquella Cataluña acabó; pero la Cataluña real, que diría, vuestro y nuestro caro Charles Maurras, hoy, precisamente, empieza a amanecer.

La Vanguardia, 17 de febrero de 1939

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