Libros

Yo pondré la guerra

Manuel Leguineche

El Taj Mahal de California

Para unos, el castillo que se yergue sobre la colina encantada es el Taj Mahal de California. Para otros, un monumento a la ramplonería y el mal gusto. Pocos son los norteamericanos que lo saben, pero el castillo de San Simeón, a medio camino entre San Francisco y Los Ángeles, no fue construido para mayor gloria del amor a una emperatriz, como el Taj Mahal indio. Es el monumento que el editor William Randolph Hearst se levantó a sí mismo. El «Ciudadano Kane» de la película de Orson Welles proyectó desde este disparatado castillo de estilo español todos sus sueños de grandeza.

Antes de llegar a San Simeón, el paisaje es huraño, agostado, parece propio de las hermanas Brontë, un paisaje de Cumbres borrascosas. Al entrar en Castroville, en el centro de California, hace ya muchos años un letrero me dio la bienvenida: «Castroville, capital mundial de la alcachofa, le saluda.» La mayoría de los turistas pasaba de largo. Aparte de las alcachofas, la ciudad tiene poco que ver. Si hicieran un pequeño esfuerzo tomarían la carretera que conduce a uno de los más estrambóticos monumentos de la tierra, surgido de la imaginación y el capricho de aquel megalómano superlativamente poseído de sí mismo llamado Hearst que declaró la guerra a España en Cuba.

Lo que no pudo cambiar el periodista fue ese paisaje. Nada de castillos del Loira, del Tirol o de la Selva Negra. Ni una aldea que proteger, desde sus almenas y aspilleras, ni la fértil campiña en torno, ni un río que serpentee entre el verdor. Aquí lo que nos recibe es un desierto, un secarral torvo y algo siniestro, el soplo brutal del Pacífico, la gran soledad del abrasado centro californiano. Pero hasta el paisaje parece hecho a la medida de un hombre como el «Ciudadano Kane». Por un lado aparecen los agudos roquedales dispersos por el océano; por otro, los arenosos farallones que bordean trescientos kilómetros en forma de meandro y carretera. En la vegetación rala, pobre, anidan la serpiente cascabel y el alacrán. De vez en cuando, como en una secuencia de película, surgen un autoestopista con las manos agarradas a los tirantes de la mochila o una pareja de campistas llegados de los bosques de eucaliptos del Big Sur. Vienen a descubrir a pinrel el California dreaming, el sueño californiano, el sueño del futuro.

Es la carretera número 1 que cantó el escritor beatnik Jack Kerouac. Es la más abrupta, la más peligrosa y escarpada también, la número 1 en punto a desolación. Poco a poco la áspera geografía, el agrio decorado, se suavizan con la aparición de una tímida fronda entre playas y murallas de piedra, entre sudarios de verduras.

Una pancarta a la derecha: «Castillo de San Simeón. Aparcamiento a tres millas.» Aquí es donde se insinúa cada vez con mayor fuerza y presencia la mano del hombre, que hace todo lo posible para que llegues sin problemas a tu destino. Las flechas y señalizaciones nos indican el camino que debemos seguir. Hay que ver lo bien que señalan los norteamericanos. No tiene pérdida, hasta que, tras ascender entre pinares, palmerales y laureles, el viajero se topa con un panorama conocido, el de los puestos de venta, las tiendas de recuerdos, los cafés-restaurantes, algún turista despistado. Te ofrecen cinco opciones para la visita a la Disneylandia de Hearst, la más vasta residencia privada de EE. UU., al castillo de Xanadú de Orson Welles, hecho para su sentido del esplendor y la gloria. No en vano Hearst dormía en una cama con baldaquino que fue propiedad del cardenal Richelieu.

Se necesitan, o se necesitaban, más de dos horas para visitar todo el castillo, la residencia principal, abierta a todos los vientos y todos los soles, el monumento que Hearst, conocido como El Jefe, se construye a sí mismo para convertirlo en el nido de amor con la actriz Marion Davies, aquella chica educada para seducir ricos. «Empecé como buscadora de oro —afirmaba la protagonista de Ciudadano Kane—, pero me enamoré de él.» Lo primero que se me ocurre pensar es que retrata la viva imagen de su mitomanía. Miscelánea kitsch, cajón de sastre de épocas y estilos, vasijas griegas, tapices flamencos, estandartes del siglo XIII, armaduras de la época de Carlos el Temerario, sarcófagos romanos, cocheras repletas de nobles piedras, retablos, libros de horas del siglo XV, iconos bizantinos de los Románov, altares, salones que llamaba «celestiales», pórticos, claustros, baños romanos, mármoles de Carrara, efluvios de Nerón y Calígula. Sobre el largo tablero de madera descansan botes de kétchup y mostaza de burger king a la espera de los comensales. El románico y el gótico al lado de la salsa de tomate.

EBK96729

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