Comentario

Los tiros al blanco de José Luis Salado

Juan Antonio Rios Carratalá

José Luis Salado era un periodista popular en el Madrid republicano, sobre todo en los ambientes de la farándula teatral y cinematográfica. Antes de la guerra, apenas se posicionó en un sentido político, más allá de un antifascismo propio de quien apostó por la modernidad, la frivolidad, la renovación y una actitud contraria al lastre de la tradición en el mundo del espectáculo. Los comportamientos heroicos parecían reservados para otros colegas más significados, pero el vallisoletano acabó siendo uno de los cuatro periodistas que salieron de Madrid mientras las tropas de Franco ya entraban en la capital. Los cuatro sabían, como explica Eduardo de Guzmán, que su permanencia suponía una condena a morir.

El último tiro al blanco de José Luis Salado apareció el 3 de febrero de 1939, cuando la presencia de los mendigos en la ciudad sitiada anunciaba la vuelta a los viejos tiempos, y el periodista compatibilizaba esta labor de argumentar a favor de la victoria con su condición de soldado movilizado. No obstante, su huella se percibe en otros textos de La Voz hasta los últimos ejemplares del mes de marzo, poco antes de que José Luis Salado partiera hacia el «Levante feliz» de sus crónicas con la intención de tomar un barco. El destino le conduciría hasta Moscú tras la escala, nada agradable, en Orán, mientras muchos de quienes recibieron sus tiros al blanco emprendían el camino de regreso a Madrid.

La permanencia de un cronista de la farándula en aquella capital sitiada, cuando tantos colegas habían emprendido la huida con las más variopintas coartadas, siempre me llamó la atención. No es el único caso sorprendente en el Madrid de la guerra. Bastaría con añadir el de Diego San José para deducir que esa voluntad de resistencia no siempre respondía a la «significación» política del periodista o escritor. Sin embargo, a la sorpresa se añadía en esta ocasión el carácter acusador de unos textos, los tiros al blanco, donde José Luis Salado daba cuenta de las deserciones protagonizadas por quienes formaron parte de su ambiente farandulero y otros «ahuecaos»; ilustres algunos (Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, Marquina, Arniches…) y de prestigio efímero los demás por dedicarse a menesteres menos «nobles». El tono de los tiros es de denuncia a base de ironía y desprecio, que cabe enmarcar en unas páginas donde el tratamiento dado a la quinta columna estremece porque evidencia la realidad de la guerra. El fondo de la sección de José Luis Salado en La Voz implica una información –no siempre fiable, pues algunos errores le llevaron a la injusticia– y el objetivo es resaltar por contraste el valor de quienes, el 7 de noviembre de 1936 y junto al general Miaja, comprendieron que el frente estaba en Madrid, pronto «heroico» a su pesar.

José Luis Salado fue uno de esos resistentes en una ciudad bajo las bombas, escribió para quienes padecieron las consecuencias de la decisión de quedarse y, desde esa dramática perspectiva, atacó a los «facciosos» huidos y los republicanos de cuestionable coherencia en momentos difíciles. El balance es una suma de textos donde coexisten los retratos certeros, también inmisericordes con las flaquezas o la mediocridad, y los errores de una apreciación ajena a la calma de la ponderación. Semejante virtud escaseó en aquellas circunstancias y, sin espíritu reivindicativo, después de varias décadas de silencio cabía dar la oportunidad de expresarse en mejores condiciones a un José Luis Salado que pagó cara su osadía y coherencia. La suerte de un autor depende a menudo de los editores y, cuando se trata de un olvidado, de encontrar quien esté dispuesto al rescate.

Abelardo Linares no sólo incluyó en su catálogo mi ensayo Hojas volanderas, sino que me remitió tres novelitas de José Luis Salado y, con motivo de la publicación de un nuevo ensayo, me animó a editar una antología de textos del citado periodista. La respuesta fue centrarme en los Tiros al blanco de La Voz con el complemento de otros artículos del mismo periódico, donde el joven autor de novelas galantes –«lo más subversivo es un maillot» (1926)– que había trabajado en París se convirtió en azote de los ahuecaos, cronista de guerra y crítico teatral, sin olvidar el costumbrismo de los tranvías o los baches del pavimento en un Madrid bajo las bombas. El conjunto es heterogéneo, como lo serían durante la guerra las preocupaciones de quien comenzó escribiendo emocionadas crónicas en la sierra de Guadarrama (agosto de 1936) para terminar lamentando el sinsombrerismo y, sobre todo, las incoherencias de una ciudad sitiada.

Madrid pretendía buscar la normalidad en unas circunstancias trágicas. La paradoja de esta quimera es una fuente inagotable para cualquier observador. Los rescates rara vez propician descubrimientos capaces de alterar el canon. José Luis Salado no es un Manuel Chaves Nogales, pero la singularidad de su trayectoria como antifascista evidencia lo cuestionable de numerosos clichés con tendencia a la exclusividad. Y, además, una vez abrumados como lectores por los testimonios de quienes disfrutaron de mejores condiciones para escribir, conviene ahora dirigir la mirada a estos periodistas que se ganaban la vida con sus crónicas o artículos y terminaron participando del «Madrid heroico» sin haber nacido para ser héroes. La publicación de un periódico bajo las bombas supone una gesta cotidiana, que en la capital se repitió con singular constancia hasta el final de la guerra, al tiempo que continuaron los espectáculos (cine, teatro, variedades…) y los habitantes se acostumbraron a la anormalidad de vivir junto al frente. El problema no sólo era disponer de papel y tinta para editar –los periódicos adelgazaban al igual que los ciudadanos–, sino de ánimos para continuar en la brecha sin que decayera la confianza en la victoria, al menos de cara al lector de unos titulares convertidos en inevitables consignas.

La prensa madrileña durante la guerra era un arma de movilización y propaganda controlada por la censura gubernamental. A tenor de los titulares de La Voz, todavía en febrero de 1939 se confiaba en la victoria de la República, después de meses donde nunca se registra una derrota en el sentido literal del término porque las retiradas eran estratégicas y brillantes. Los eufemismos crearon escuela.

Tampoco aparecen imágenes de la muerte por los bombardeos, ni otras desgracias que los ciudadanos podían comprobar cada día sin necesidad de consultar los periódicos. En ese marco de violencia y propaganda, el análisis ponderado formaba parte de un imposible similar al de comer fruta en Madrid. No obstante, los periodistas encontraban resquicios para denunciar y señalar las incoherencias del propio bando, aunque fuera en términos propios del costumbrismo tan singular de la guerra. La municipalidad de los abastos, los tranvías y las aceras siempre ha dado mucho juego en tiempos de restricciones de la libertad de expresión. José Luis Salado, al igual que otros cronistas teatrales de aquella ciudad sitiada (José Ojeda, Serafín Adame, Eduardo M. del Portillo…), se quejó de un teatro y un cine que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Los cambios en materia cultural apenas se acompasan al ritmo revolucionario, sobre todo cuando la picaresca y la improvisación hacen acto de presencia en un panorama de mediocridad. El debate es conocido por los especialistas gracias a una amplia bibliografía, pero lo peculiar de su aportación es que el periodista combinó esas quejas con la presentación de algunas interioridades de la farándula; la más rancia, en tiempos donde Margarita Xirgu –mitificada a veces– sólo era una excepción. Tal vez José Luis Salado fuera injusto en algunos casos1, pero tampoco cabe pensar en una realidad demasiado distinta a la imagen que se desprende de los textos publicados en La Voz. Asimismo, es fácil comprobar la amargura del periodista por el abandono, o la traición, de quienes como joven autor consideraba referentes de las letras españolas. Por edad y otros motivos de cercanía, José Luis Salado podría haber escrito mucho y sabroso acerca del comportamiento de Edgar Neville, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Tono…, pero se centra en los mayores, en quienes contaban por entonces con el prestigio y admiraba como partícipe del mundillo literario: Pío Baroja, Azorín, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala… Resulta curioso que les cite en sus primeras crónicas de guerra, escritas con el entusiasmo de quien confía en la victoria, para después convertirles en centro de sus ataques. La «traición» en estos casos también fue una sensación de orfandad, que José Luis Salado, con escasa lucidez, pretendió compensar con los equivocados elogios al camaleónico Jacinto Benavente o la defensa de los hermanos Álvarez Quintero, porque aguantaron en Madrid. Las páginas de La Voz y otros periódicos de la época incluyen a numerosos protagonistas hoy totalmente olvidados. Su identificación nos ha llevado a redactar decenas de notas a pie de página, así como a completar los nombres para facilitar la comprensión del lector. El objetivo no ha sido alardear de una erudición «wikipedista», sino comprobar que los referentes de un lector de libros sobre la época no coinciden con aquellos que estaban al alcance de quienes leían a José Luis Salado y otros periodistas. El resultado es que a García Lorca se le cita en términos similares a los de Manolo González, el responsable por entonces de la programación del Español.

El filtro de la historia todavía no había actuado para establecer jerarquías y los nombres pululan en estas páginas con una promiscuidad que sorprende. La reflexión se impone y, aunque no estudiemos las obras teatrales del soldado Pepe García estrenadas en Madrid, tenemos la sensación de que el tal Pepe, para un periodista coetáneo, no andaba muy lejos de quienes ahora son referencias inexcusables para los historiadores.

El final de José Luis Salado fue triste y melancólico. Moscú le permitió llegar a los cincuenta años sin afiliarse al PCE y mantener alguna conversación con su amigo, desde los tiempos de Joinville (París), Ilya Eherenburg, Un consuelo entre tanta privación, pero la calle Máximo Gorki quedaba lejos de la Puerta del Sol, las vedettes admiradas en las noches de estreno, las tertulias de cómicos, las corridas de toros, el cine de Hollywood y el chismorreo galante; sin olvidar los signos de modernidad de los años veinte o treinta, los de una juventud definitivamente enterrada en marzo de 1939.

A los treinta y cinco años, demasiado pronto como para olvidar lo estremecedor del dato. Mientras traducía textos burocráticos para sobrevivir en una soledad cada vez mayor, hasta su temprana muerte, José Luis Salado repasaría en Moscú el balance de sus tiros al blanco, que habrían sido más certeros escritos sin la premura del combate y con la experiencia del desencanto. El periodista careció del suficiente ánimo para afrontar la tarea en el exilio. Al margen de que habría quedado manuscrita, tal vez le abrumaría la derrota: sus dianas volvieron a España, triunfaron durante la posguerra y borraron las huellas de la indignidad porque no quedaba nadie, en libertad, para recordarlas.

Las excepciones de los errores cometidos con Manuel Chaves Nogales y Juan José Domenchina o, en menor medida, algunos intérpretes que también acabaron en el exilio, apenas modifican este frustrante resultado. Tal vez el periodista sintiera en Moscú laamargura del derrotado, incluso en sus relaciones sentimentales, pero disfrutaría del consuelo de una coherencia que tanto echó de menos en quienes, iluminados por la revolución, le rodearon en el Madrid de la guerra.

El derrotado merece un mínimo de respeto. Leídos sus artículos ahora, desde la tranquilidad de quien cultiva la historia, podríamos echar en cara a José Luis Salado algunos errores de apreciación, falta de equilibrio a la hora de repartir responsabilidades, intolerancia y silencios cuyo origen no sólo estaría en la censura… También cabría añadir defectos de forma, como si escribir en aquel Madrid fuera una especie de juego floral. Frente a esta actitud de lector exigente, nuestra edición sólo pretende completar lo analizado en Hojas volanderas y dar voz a quien ha permanecido callado durante décadas, sin entrar en valoraciones que podrá realizar el lector por su cuenta. A pesar de la digitalización de los fondos, todavía resulta penoso adentrarse en la consulta de la prensa de aquella época, milagrosamente conservada cuando tantos otros testimonios han desaparecido.

Nuestra tarea ha sido facilitar el acceso mediante un texto aseado –el polvo de los bombardeos causa estragos–, anotado para evitar la confusión en un caos de nombres desconocidos y ordenado con el objetivo de jalonar la evolución del autor a lo largo de la guerra. La evolución real del periodista sería más notable y literaria, pero la reflejada en la prensa todavía deja resquicios para imaginar lo difícil de mantener el humor en materia de tranvías o aceras y, cuando todo estaba perdido, protestar por el precio de las entradas al teatro o la calidad de las representaciones. Por el camino quedaron algunas vedettes y tanguistas, evocadas con una sonrisa por quien se manifestaba antifascista, pero sin caer en el melodrama de los mártires porque prefería los sones de un foxtrot. José Luis Salado hizo de todo en la redacción del vespertino de la Compañía Editorial Española, que empezó la guerra bastante poblada y fue menguando como sus páginas, al tiempo que la empresa se veía abocada al desastre. Las bajas y las deserciones de sus colegas le llevaron a la dirección de La Voz cuando el periódico entró en la órbita del PCE, hasta su movilización y sustitución por la renegada Regina García, otro personaje a añadir al balance de la amargura.

Tal vez la olvidara como a su esposa, porque José Luis Salado preferiría recordar el toque castizo que, mediante entradillas, daba a las noticias de agencia, o «las aceras de Madrid» con sus cuestiones «antiheroicas». Y, sobre todo, las crónicas teatrales compartidas con Laertes, su compañero Eduardo M. del Portillo, que tuvo mejor suerte al final de la guerra. Como otros que han pasado a la historia, mientras que él nunca traspasó su puertecita porque, puestos a hacer balance, los cancerberos parecen reacios a admitir que un letrista de foxtrot y amante de las vedettes resistiera en Madrid, cuando tantos comprometidos con la causa sentaban cátedra en el «Levante feliz» o mucho más lejos, antes de que el exilio solucionara por la vía tremendista cualquier dilema moral.

Al fin y al cabo, la guerra es una sucesión dramática de dilemas que ponen a prueba la coherencia de quienes la padecen. Las acusaciones de José Luis Salado, sus tiros al blanco, son menos graves que otras presentes en unas páginas donde se destila el odio de un enfrentamiento de semejante calibre. El periodista se equivocó a veces, fue injusto en otras ocasiones, pero lo hizo allí donde se podría haber ganado la guerra al fascismo. Otros, más sabios y ponderados, escribieron mejores páginas, leídas ahora con asombro, pero escritas demasiado lejos. El protagonismo de la historia es injusto, o azaroso, y conviene repensar un período donde la prensa nos descubre que nada era tan coherente como lo imaginamos. A pesar de la censura y los partidismos, sus páginas fueron porosas a la hora de reflejar una realidad que, vista con la lupa de los casos minúsculos, apenas encaja en la jerarquizada coherencia de la historia.

  1. «En disculpa de Salado cabe decir que su injusticia –en donde y cuando lo fue- era la injusticia del Madrid que vio con pasmo cómo quienes se habían cansado de estimular heroísmos se iban, a la hora del riesgo, carretera adelante, tan urgidos y apretados “que a sus paños menores / fue menester lavandera”» (Julián Zugazagoitia, 1968, 184).

Tiros

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