Artículo histórico

La peste atómica

 Wilfred Burchett

En Hiroshima, treinta días después de que la primera bomba atómica destruyera la ciudad y conmocionara al mundo, la gente sigue muriendo, de modo misterioso y horrible -personas que no resultaron heridas por el cataclismo-, debido a algo desconocido que sólo puedo describir como peste atómica.

Hiroshima no parece una ciudad bombardeada. Lo que parece es que una monstruosa apisonadora haya pasado por encima de ella y la haya aplastado al extremo de borrarla. Escribo acerca de estos hechos con toda la serenidad de que soy capaz, con la esperanza de que actuará como una advertencia para el mundo. En este primer campo de pruebas de la bomba atómica, he visto la desolación más terrible y aterradora en cuatro años de guerra. Hace que una isla del Pacífico bombardeada parezca un Edén. El daño es mucho mayor de lo que pueden mostrar las fotografías.

Tomé un camino hacia una choza que hacía las veces de jefatura de policía provisional, en el entorno de la ciudad desaparecida. Mirando al sur desde este punto veía unos cinco kilómetros de escombros rojizos. Es todo cuanto dejó la bomba atómica de docenas de manzanas de calles, edificios, hogares, fábricas y seres humanos.

Apenas si queda algo en pie, salgo una veintena de chimeneas de fábrica… chimeneas sin fábricas. Miré a occidente. Media docena de edificios destripados. Y aparte de eso nada tampoco (…)

El despacho procedía a describir a continuación las escenas de las salas del hospital y lo que había dicho el doctor Katsube. Debí expresarme con más vehemencia si cabe, puesto que Arthur Christiansen, el prestigioso director del Daily Express en aquellos tiempos, escribió en sus memorias, Serving My Time [Mi periodo de servicio], que al “pobre Peter” le había superado tanto el horror de toda la situación que él (Christiansen) había intervenido personalmente en la edición de la noticia. Hay que reconocer que, a pesar de la introducción de algunos errores, usó mi expresión “advertencia para el mundo” en el titular. Se trataba del principal mensaje que deseaba transmitir, pero a causa de la euforia que daba a Occidente la posesión del monopolio de tal arma que decidía guerras, además de la justificable animadversión hacia los japoneses por sus métodos de guerra y por cómo habían tratado a los prisioneros aliados, no era seguro que lo consiguiera.

Cuando llegué, el acceso a Tokio estaba prohibido, puesto que el general MacArthur había recibido suficientes refuerzos para incluirlo en su perímetro de defensa, ¡pero no los bastantes para liberar los campamentos de prisioneros de guerra! Había salido de la estación para el Hotel Dai Ichi cuando topé con un compañero que me instó a ir con él a una rueda de prensa que habían de ofrecer en el Hotel Imperial unos oficiales estadounidenses de alto rango con motivo de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, sobre la que el 9 de agosto habían arrojado otra bomba atómica. Mugriento, sin afeitar y despeinado como estaba, me fui con él. La rueda de prensa estaba a punto de acabar, pero no cabía duda de que su principal propósito era desmentir mi despacho de Hiroshima, que el Daily Express había facilitado a la prensa mundial, según el cual la gente moría a consecuencia de los efectos secundarios de la bomba. Un científico que llevaba uniforme general de brigada explicó que era impensable una radiación atómica -capaz de causar los síntomas que yo había descrito- porque se había hecho explotar las bombas a una atura que imposibilitaba cualquier riesgo de “radiación residual”.

Hubo un momento dramático en que me puse en pie, con la sensación de que mi desaliño me ponía en desventaja respecto a los oficiales elegantemente uniformados y cargados de medallas. Lo primero que pregunté fue si el oficial que informaba había estado en Hiroshima. No había estado, así que contaba con un buen punto de partida. Describí lo que había visto, y pedí explicaciones. Al principio todo fue muy cortés: un científico explicando las cosas a un lego. Las personas que había visto en los hospitales eran víctimas de estallidos y quemaduras, normales tras cualquier gran explosión. Al parecer, los médicos japoneses no eran lo bastante competentes para tratarlas o bien carecían de los medicamentos adecuados. Rechazó la acusación de que personas que no se encontraban en la ciudad en el momento de la explosión fueran afectadas posteriormente. Al final el intercambió se redujo a la pregunta de por qué, a su parecer, seguían muriendo los peces al entrar en un río que discurría por el centro de la ciudad.

  • Es evidente que los mató la explosión o el agua sobrecalentada.
  • ¿Todavía en el cauce un mes después?
  • Es un río con con régimen de mareas, así que deben de haber sido arrastrados de un lado a otro.
  • Pues a mí me llevaron a un lugar de las afueras de la ciudad y vi peces vivos que giraban sus estómagos blancos hacia arriba al entrar en determinado tramo del río. Después morían en cuestión de segundos.

El portavoz parecía apenado

  • Me temo que ha sido víctima de la propaganda japonesa -dijo antes de sentarse.

Se pronunció el “Gracias” de rigor y se dio por terminada la rueda de prensa.

Durante los meses que siguieron a la publicación de mi reportaje en el Daily Express no hubo una auténtica confirmación de muertes por radiación atómica. El general MacArthur tenía una enorme capacidad para suprimir las verdades que no le convenían. (Según el Consejo Japonés Contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno, la bomba de Hiroshima causó entre 130.000 y 140.000 muertes a finales de 1945, la de Nagasaki entre 60.000 y 70.000. En 1950 a cifra había ascendido a 300.000 en ambas ciudades. En junio de 1980, durante mi visita a Hiroshima, el doctor Kiyoshi Kuramoto, subdirector del hospital de la Bomba Atómica de Hiroshima, me informó de que eran aún 370.000 las víctimas de la bomba atómica oficialmente reconocidas como tales por el gobierno japonés. “Esto queda muy por debajo de las cifras reales – me explicó-, porque el gobierno exige que dos personas, que no sean familiares de las víctimas, atestigüen que la persona afectada se encontraba en una de las dos ciudades castigadas con bombas atómicas en el momento de las explosiones o que estuvo en ellas en las dos semanas siguientes. Para muchos de los afectados es imposible presentar testigos.”

El “reconocimiento” proporciona atención médica gratuita y en casos extremos una pensión de invalidez. En cuanto a los efectos genéticos, el doctor Kuramoto dijo que sólo al cabo de entre cincuenta y cien años se conocería toda la envergadura de las consecuencias.

Texto de las memorias de Wilfred Burchett reproducido por John Pilger en ¡Basta de mentiras! RBA 2007

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