Libros

La versión republicana del asedio al Alcázar de Toledo

Esther López Sobrado

Soy uno más entre la ya inmensa mayoría de los españoles que desea se cicatricen del todo las heridas que aún queden de la guerra fratricida. (…) Pero considero una obligación, un deber moral que aclaremos nuestra historia para que prevalezca la verdad, y no que admitamos que se pretenda encubrir una infamia con el manto del heroísmo. Pensando en los inocentes rehenes del Alcázar de Toledo, víctimas de los militares rebeldes, he escrito estas páginas. París, 1964”.

Así finaliza el libro Los rehenes del Alcázar de Toledo que Luis Quintanilla editó en París en 1967, en la mítica editorial Ruedo Ibérico. Existe una carta dirigida por el pintor a su amigo Luis Jiménez de Asua que da fe del revuelo que aquella publicación provocó en España:

No me esperaba la ruidosa polvareda que mi libro ha suscitado en la prensa de Madrid. Les creía a esos chicos de los periódicos más inteligentes y que le ahogarían con el silencio, dejando a la policía el recogerle según las órdenes superiores. Pero quía…. A mediados de enero el centinela toledano del “ABC” descubrió la crítica que apareció en “La Dêpeche du midi” y por ella, sin leer mi libro, se lanzó a atacarle escandalizado[1]. Enseguida la Radiodifusión de Madrid dedicó dos emisiones en el mismo tono, lo cual me informaron. Casi al mismo tiempo “La hoja del lunes” volvió a la carga en tres columnas, también desconociendo mi libro y, por lo tanto, recurriendo a sostener la leyenda con abundancia bastante petulante de sus falsos argumentos. Entonces el encargado de recopilar y criticar lo que se publica en nuestra guerra en el Ministerio de Información, Ricardo de la Cierva, arremetió contra ellos, especialmente contra el del “ABC”, viéndosele que tenía la estaca preparada, para demostrarles que escribían de un libro cuyo contenido ignoraban. Él le había recibido al parecer mandado por la editorial, callándose, pero sin duda se sintió obligado a cumplir su deber de crítico del Ministerio de Información y en “El Español” publicó en dos ocasiones dos largos comentarios, resaltados con fotograbados apropiados al Alcázar, por cierto, el segundo casi elogioso[2]. Formada la bola de nieve, surgió en “El Alcázar[3]” de Madrid, tomado de “Gaceta Ilustrada[4]”, nada menos que dos testigos de la conversación de Moscardó con su hijo cuando la amenaza telefónica: el primero, para no permitir dudas, el propio telefonista del Alcázar, llamado “Pepe el varilla” y el segundo el portero de la Diputación Provincial toledana que, según él, oyó el apremiante cambalache de rendirse los 1.185 combatientes armados del Alcázar o matar al hijo del coronel responsable; durante 31 años guardaron el silencio, que ahora, por mi libro han comprendido que su deber es hablar: la rigolade![5]

Fueron precisamente los artículos de Ricardo de la Cierva a los que hace alusión Quintanilla y el revuelo del libro los que motivaron una interesante relación epistolar entre el pintor y el historiador que se prolongó por espacio de tres meses. La primera carta fechada de esta colección epistolar, firmada por el pintor, es del 2 de febrero y en ella hace alusión a la primera carta del señor de la Cierva de 19 de enero; la última carta que se conserva fechada es de 28 de marzo de 1968. Especialmente ocurrente es la de 4 de febrero en la que Quintanilla finaliza con un autorretrato con las manos juntas delante de la silueta del Alcázar donde anota “God Bless the Alzcázar” y al lado “Mi autorretrato a los noventa años[6]. Puede reproducirle Aznar con otra carta de Mathews”

Es habitual en la correspondencia de Quintanilla la existencia de un tono irónico, como se evidencia en un párrafo en el que justifica su exilio: “Aprecio su tono cariñoso lamentando que nos “emperremos” en quedarnos en el exilio mientras perdure ese régimen. Sí, pero la culpa no es nuestra. En mi caso preciso se trataba de salvar la vida, seguro de perderla como varios miles de los que confiando en la paz no supieron lo que es la furiosidad del odio y la inseguridad de unos vencedores que en todas partes ven enemigos. Luego, qué quiere usted, sin criticar a nadie, nunca me han puesto una mordaza ni soportado silencioso humillaciones. En el fondo admiro a los que con la mayor dignidad continuaron ahí superándose en su trabajo, y quizá algo más que forma opinión.[7]

Durante años Quintanilla mantuvo la esperanza, alimentada por José Martínez de Ruedo Ibérico, de que se pudiera hacer una edición de bolsillo en España, aunque reconocía que la editorial no hacía demasiado por la venta del libro. Existe un divertido comentario lanzado al respecto en una carta dirigida a Iñaki Azaola: “El caso es que la casa editorial no ha hecho nada para divulgarle clandestinamente, argumentando que cuando llegue la ocasión en esa, se podrá lanzar una edición de bolsillo. Yo espero ese famoso día para revestirme de antiguo miliciano y con un parche tapando un ojo, síntoma de deteriorado, ponerme al pie de la ruina del Alcázar en Toledo, pregonando y vendiendo mi libro: ya encontré futuro empleo. Mientras tanto deje usted leer el ejemplar que tiene y yo seguiré pintando[8]”. Y eso es lo que hizo Quintanilla tras la edición de Los rehenes, al comprobar que era imposible la publicación en ningún otro país. Sus memorias habían sido arrojadas al Sena, así que a partir de 1968 envejeció pintando.

La presente edición de Los Rehenes del Alcázar

Es una pena que el libro no tenga capítulos titulados, ni separaciones amplias que harían más agradable la vista de las páginas. Hasta la página 71 se trata de una introducción y ni ahí, al pasar al cuerpo del trabajo, se ha dejado por lo menos una página en blanco. Una pena, pues nada hubieras costado[9] reconoce el padre Alberto Onaindía, y de modo semejante se muestra Irujo: “Un libro de 232 páginas no puede darse al público sin alguna subdivisión capitular. El imprimirlo como va no constituye un acierto a mi manera de ver[10]”.

Estos dos comentarios han pesado en mi ánimo a la hora de ocuparme de la presente edición. Cuando se lleva más de veinte años tratando de recuperar la figura de un artista de la categoría humana de Quintanilla, el investigador acaba haciendo suyos, por lo menos eso ocurre en mi caso, alguno de los deseos del personaje estudiado. Por eso la publicación de este libro posee un especial interés para mí, como sé que lo hubiera tenido para Quintanilla, enfant terrible para el franquismo. La explicación es sencilla: Luis Quintanilla fue un testigo de excepción en alguno de los acontecimientos más aterradores de nuestra contienda, por eso fue necesario rodear sus acciones de despreciables comportamientos que procuraban devolver al espectador una falsa imagen de un hombre que sabía demasiado.

Por lo que respecta a la presente edición, siguiendo los comentarios de los amigos del pintor he distribuido el texto los siguientes apartados: Tarde de invierno en París, Preámbulo biográfico, La llegada de Luis Quintanilla al Alcázar, La búsqueda de un sacerdote, y Las minas y el fusilamiento de Luis Moscardó.

Se aporta, como novedad en esta edición, fotografías de documentación oficial que Luis Quintanilla se llevó consigo al exilio y que hoy conserva su hijo Paul. Gracias a estos documentos conocemos que fue Jefe del Cuartel de la Montaña, o que Largo Caballero le autorizó para circular libremente por el territorio que se encontraba bajo el gobierno republicano para poder realizar la galería de dibujos sobre la Guerra Civil que se expusieron en marzo de 1938 en el MoMA de Nueva York.

Se incluyen también documentos del padre Camarasa que le fueron entregados por el sacerdote Manuel Mendiola, quien conservaba los documentos de Camarasa desde la muerte de este, acontecida en Burdeos en 1946. Manuel Mendiola fue sacerdote de la parroquia de Notre Dame de Burdeos y cuidó de Camarasa en sus últimos momentos. Mendiola murió en 1962; quizás la entrega de la documentación al pintor le animara a escribir su experiencia en el Alcázar.

No es, ni mucho menos, su mejor trabajo literario, pero sí es el testimonio de alguien que vivió en primera persona el acontecimiento de la Guerra Civil más cargado de leyenda y aureola de heroísmo. Asimismo, el autor muestra su amplia cultura al conocer las diferentes publicaciones que sobre el tema del Alcázar se habían escrito hasta la publicación de su libro. Posee el innegable interés de escuchar la voz en primera persona de un protagonista de aquellos acontecimientos que aún hoy dividen la opinión de los historiadores.

[1] Se refiere al artículo de Luis Moreno Nieto Otro intento de falsear la epopeya del Alcázar, aparecido en “ABC” el 21 de enero de 1968, pág. 5

[2] Se refiere al artículo publicado en “El Español”, el 27 de enero de 1968.

[3] “El Alcázar” , 28 de febrero de 1968

[4] Buella, J.:.: “El telefonista del Alcázar”, Gaceta Ilustrada, nº 594 de 25 de febrero de 1968

[5] Carta a Jiménez de Asúa de 11 de marzo de 1968.

[6] Es una broma, puesto que Quintanilla en aquellos momentos tenía 75 años.

[7] Carta de Quintanilla a de la Cierva de 28 de marzo de 1968

[8] Cara a Iñaki Azaola de 6 de noviembre de 1969.

[9] Carta de Alberto Onaindía de 7 de agosto de 1967.

[10] Carta de Manuel Irujo de 29 de agosto de 1967

Los_rehenes_del_Alcazar

http://www.libreriarenacimiento.com

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