Al Senegal en avión

El paso de los Pirineos

Luis de Oteyza

Volviendo en absoluto la espalda al mar, que desde nuestra salida de Perpignan hemos conservado a la vista por el lado izquierdo, nos internamos decididamente. Y pronto juzgamos equivocada la nueva orientación, pues frente a nosotros se levanta más cada vez la barrera montuosa, como si quisiese cortarnos el camino.

A medida que avanzamos vamos elevándonos; pero no basta. Próximos ya a las laderas que comienzan a escarparse hemos de volar en espiral para alcanzar mayor altura. Y cuando logramos situarnos más altos que los picos superiores seguimos subiendo todavía. Realmente nos sería posible en este punto pasar por encima de ellos sin que tropezara con sus cumbres el tren de aterrizaje. Mas como ha de prevenirse el que se pare el motor… tenemos que conseguir una elevación suficiente para, en caso de panne, llegar hasta la llanura con vuelo planeado, puesto que las vertientes bruscas y erizadas de peñascales no permiten la toma de tierra. Continuamos, pues, subiendo y subiendo.

El frío es terrible. Como jamás lo hemos sufrido. Aunque vamos vestidos a la moda de los exploradores polares, nos estamos helando. Sentimos punzadas en las piernas, pese a las vendas que las ciñen y a la manta que las envuelve. En el cuerpo mismo, que protegen prendas interiores de punto, chalecos de lana, trajes recios y gabán de pieles, notamos los estremecimientos de la congelación. Las manos se nos crispan entre el forro peludo de los guantes. El vapor de nuestro aliento empaña los cristales de las gafas. Y por las aberturas correspondientes a los oídos de los cascos de cuero, agujas de frialdad nos punzan la cabeza. En lo que se refiere a las narices, que van al descubierto… cuando me acuerdo de ellas ¡pregunto a mi acompañante si las tengo en su sitio!

Al oír asegurar a Alfonsito que las narices no se me han caído todavía me conforta un poco. Acaso las salve, porque parece que al cabo hemos dejado de subir. Ya iba siendo esto obligado, pues por bajo de nosotros está la región de las nieves perpetuas. Debemos de ir a una altura enorme.
Se lo preguntamos al piloto y su respuesta nos deja más fríos de lo que estamos. «Sobre tres mil metros.»  ¡Preciosa elevación para caerse desde ella! Si se desprendiese un ala… si entrase en barrena el aparato… si le diera un desvanecimiento al aviador… Me asaltan la mente estas y otras divertidas hipótesis. Y se las comunico a Alfonsito para su satisfacción y efectos consiguientes. Es a ver si le hago sudar.
Cuando supongo que está a punto de brotarle el sudor preagónico entro en consideraciones diciéndole:

—Habrás leído infinitas veces que quien se cae por el balcón desde un tercer piso suele reventarse. Y sabrás, que los pisos terceros están a unos veinte metros del empedrado. Una sencilla operación aritmética para darte a conocer  cuánto más que reventados quedaríamos cayendo desde aquí.

—¿Es que se propone usted asustarme?me pregunta.

—Eso mismo.

—Pues no se moleste usted inútilmente, porque más de lo que estoy es imposible.

Su honrada franqueza me hace callar. Y él aprovecha mi silencio para devolver el ataque.

—Pero usted, que tiene ganas de divertirse —indica—, incline un poco la cabeza, mire hacia abajo y verá qué agradable le resulta.

Así lo hago. Y no siento el vértigo de las alturas porque no logro distinguir el suelo. Los vapores de la fusión y de la volatilización de la escarcha ocultan los pocos relieves, que a tan grande altura el terreno y las construcciones en él alzadas pudieran ofrecer, con lo que
la vista se pierde en una profundidad sin fondo. La sensación —de aislamiento en el vacío— es ir pendiente sobre el espacio ilimitado. Una sensación infinitamente angustiosa.

Me libro de ella acogiendo la mirada a las cúspides que ante nosotros van presentándose ya definidas. Por entre las que señalan el cuello del Pertus se lanza nuestro avión en vuelo rectilíneo. Es la ruta a seguir para salvar el obstáculo puesto por la Naturaleza entre Francia y España.

Con afán he de llevar mis ojos a ese camino. Pero sobre la derecha se muestra algo más atrayente todavía: el Canigó. Mole gigante en la geografía europea, con sus dos mil ochocientos metros de elevación, y más elevada aún en la literatura universal con el poema de Verdaguer. Para el coloso ingente que acrecentara la inspiración del genio
es mi contemplativa reverencia. Sólo cuando deja de verse en la lejanía la cima que cantó mosén Cinto me decido a mirar el terreno que debajo de mí queda. Y observo el espectáculo desconcertante de un mar hecho espumas contra las rompientes. Son las nubes, que metidas en los barrancos, entre las crestas que sobre ellas se levantan, fingen olas contorneando un arrecife, visión de navegantes que proporciona la atmósfera a los aeronautas.

Después este falso panorama marítimo va desapareciendo. Simultáneamente los picos rocosos se suavizan y las nebulosas espumas se aclaran. Déjase ver a través de bruma tenue la tierra, cayendo en pendiente, primero, y extendida en amplia llanura, al fin.

El piloto me entrega un mensaje: «Hemos saltado la montaña.» Y yo
se lo comunico a Alfonsito, gritándole la frase de Luis XIV: «i Ya no hay Pirineos !»

Y ahora sí que no me equivoco, como se equivocó el Rey Sol cuando supuso ampliada la nación francesa con la subida de su nieto al trono de España.

i Qué he de equivocarme! En la actualidad, desde aquí a la punta de Tarifa, no hay ya Pirineos. Todos los que hay son neos; neos solamente.

Heraldo de Madrid, enero de 1928

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